MARIA Y MANUEL

“Todo no era sino, que el preludio de una vida, dura, pero encantada…”

Sus familias, nacidas en un pequeño caserío aislado al abrigo de una gran sierra que azulaba en la lejanía, vivían prácticamente incomunicadas del apartado pueblo, inmerso en el espíritu del lado oscuro de aquellos años.

No a mucha distancia, unos y otros, eran probablemente las únicas gentes que, entre ellos, habían celebrado encuentros, de ahí que sus hijos crecieran compartiendo niñez y juegos en las pocas ocasiones en que podían coincidir en las modestos festejos de la cosecha. Tanto así que, entre María y Manuel, su amistad adolescente devino en atracción mutua.

A mitad de aquel siglo, el hambre y la miseria imperaban, obligando a los más jóvenes de familias aisladas y en la pobreza, a emigrar hacia regiones al norte, más industrializadas como favorecidas y, en el peor de los casos, hasta buscar en el extranjero un horizonte esperanzador para sus vidas.

Mozos aún, manifestarían a sus padres la voluntad de retirarse a vivir juntos en un antiguo y apartado granero, a pocos metros de la casa de Manuel, que adecentado en lo posible, daría cobijo a sus primeros abrazos, aquellas noches, donde solo una hermosa luna iluminando sus desnudeces, se erguía en principal y único testigo de su contenido deseo.

Todo no era sino, que el preludio de una vida, dura, pero encantada.

Al no mucho tiempo, decididos y en busca de un futuro que soñaban generoso, no sería fácil la despedida. Tras un largo viaje, el cansino tren que los apartaría poco a poco de su empobrecido y cálido sur, los llevaría hasta un frio país del que, aún sin conocer su lengua ni costumbres, les acogería proporcionándoles techo, trabajo y un trato digno como personas, aunque de señalada e inequívoca condición.

Dos hijos llegaron a tener, a los que solo por carta, pudieron dar a conocer a sus ya ancianos padres, que durante todo este tiempo, una sola vez, pudieron visitarlos, muriendo al no mucho, sin volver a encontrarse.

Sucedieron largos años durante los que, volver a la tierra que los vio nacer, no dejaba de ser un sueño para, llegado el momento, juntos allí terminar sus días. Para sus hijos, integrados en el país donde nacieron, el viejo terruño con el que sus padres soñaban, sin embargo, no representaba si acaso, sino el exotismo de un viaje al sur, sin tan siquiera ya familia para honrar.

Y vendría el tiempo que, tras el merecido liberador retiro, llegarían a plantearse su ansiado regreso, resultando casi tan dura la despedida del país que los acogió, como aquella del lejano día que, partiendo en el destartalado tren, buscaron un destino tan lejano como incierto.

Nada más llegar y, tras un breve descanso, lo más excitante para ellos sería visitar el viejo caserío, ahora abandonado, donde antaño vivieron cuando sus padres eran aparceros de aquellas yermas tierras y, casualidad, abandonadas por el declive de los terratenientes, ahora se encontraban en venta por infructuosas.

Una vez allí, donde prácticamente no mucho quedaba en pie, hubo un momento de contemplación en profundo silencio, como si acabaran de profanar suelo sagrado, a la vez que sus almas se sobrecogían.

Sin pensarlo, Manuel, tras contemplar la vieja casona en ruinas y el abandonado entorno, emocionado y con su corazón palpitando descontrolado, se dirigió a María:

– ¿Qué te parece mujer? ¿Y si compramos el secano con la vieja casa y el pozo? Podríamos, si quieres, hacer realidad nuestros anhelos, viviendo aquí, hasta que Dios quiera.

María, no pudo sino suspirar de alegría y, con sus ojos humedecidos asintió, mientras se recogía en los brazos de Manuel, henchida de felicidad pues, nada ni lugar otro alguno, podría rivalizar con la idea de su vuelta al lugar donde nacieron, allí donde por primera vez, en los brazos de su hombre, fue dichosa.

Una vez reparada la modesta casa y anejos, para ellos, discurrirían los días entretenidos al cuidado de su pequeña huerta ajardinada, entre la constante contemplación de sus no muy distantes montañas azules y, a levante, adivinando en la lejanía el horizonte de un mar fastuoso, que recién prácticamente habían conocido, por primera vez, tras su regreso.

Cada tarde, sentados al fresco en su porche, medio parral, medio sombrajo, con mimo, Manuel sacaba su vieja pitillera metálica con cierre de una sencilla goma elástica, que había sido de su padre, convirtiendo el momento de fumarse un cigarro, en una ceremonia casi litúrgica.

Era aquel tiempo en el que los pequeños gorriones anidaban en cualquier entrerramado u oquedad practicable, siendo un gozo para ellos el observar su ir y venir, mientras construían nuevos nidos o alimentaban a sus polluelos.

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Casualmente, Manuel observó como una ráfaga de aire, propició el desprendimiento de parte de un nido desde el parral. Presuroso, llamó la atención de María quien, sin dudarlo, maternal, le ayudaría para tratar de recuperar algún polluelo que pudiera haber caído.

Fatídicamente, descubrieron tres pajarillos muertos y un cuarto, que con más suerte y, al tomarlo Manuel en sus manos, abría su pico demandando insistentemente comida, hecho que celebraron.

Manuel dejó en las manos de María al pequeño mientras, acelerado, fue tan presto como pudo a por una escalera para tratar de subir hasta el resto del nido al pequeño pájaro, que  sin duda sus padres, revoloteando por los alrededores, parecían buscar.

– Tú no puedes subir a esa escalera…, no entiendes que te puedes matar? – llamó su atención María, temerosa de un accidente.

-Como no subir? Quien sino puede salvarlo? Es un pequeño ser como tú, como yo… ¿lo harías por mi? – la interpeló, conociendo su disposición.

María, sabedora de la batalla perdida, optó por ayudarle y, manteniendo la escalera como pudo, asistió a Manuel, que aunque ya sin reflejos y deficiente equilibrio, logró colocar al pájaro en el resto del anidamiento que aún se mantenía con firmeza entre el ramaje.

Una vez en el suelo, María se acerco a su hombre, besándolo tiernamente celebrando su humanidad. Mientras, al poco rato, observaron como los presuntos padres del pequeño gorrión, terminaban acercándose al entrerramado, supuestamente, para hacerse cargo del pajarillo.

Al cabo de no mucho tiempo, cuando Manuel, habituado a pasar la tarde a la sombra en su porche, observó cómo aparentemente, un joven gorrión se posaba no lejos de él, con insistente movimiento, como demandando su atención.

Los días que siguieron y, casi a la misma hora, aparecía el pajarillo, que ya familiarizado con María y Manuel, llegaba hasta ellos, comiendo confiado de sus manos, las migas de pan que le ofrecían.

– Sabes María ¿no podría ser éste, el pequeño del nido caído, al que salvamos la vida, llevándolo junto a sus padres?

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Desde aquel día, cada tarde se convertía en un episodio gozoso, a la espera de la llegada del pequeño gorrión junto a ellos que, como niños encariñados del diminuto animal, discutían felices por su atención.

Y así pasaba el tiempo, sin notar siquiera la huella trémula que dejaba en sus ya pocas fuerzas. Tal era su harmoniosa cercanía, que en sus vidas no había hueco para desfallecer, al contrario, la vida se le antojaba aún por vivirla, eternamente juntos.

A la primera luz de cada amanecer entrando por la pequeña ventana orientada a levante, Manuel, girándose en la cama, abrazaba a María quien, felizmente quejosa de ser despertada, acababa en sus brazos prolongando, entrelazados, un poco más el sueño, convertido en gozo.

Aquel día, María despertó a los rayos mañaneros, extrañando el abrazo de su marido. Girándose hacia él en la cama, intentó despertarlo con un arrumaco, pero Manuel, quieto e inmóvil, no respondería a su cariñosa llamada.

Manuel estaba frio.

La llamada desesperada de María a sus vecinos y su inmediata llegada, no aportaría otra cosa que la generosa entrega de sus brazos abiertos, tratando de consolar a la pobre mujer que, incrédula y desangelada, no atinaba a entender como se le escapaba la razón de su vida.

Pasaron unos días, tras la llegada y regreso de sus hijos a su país cuando, María, tras un breve tiempo en casa de unos vecinos, obsesionada, volvería a su casa donde se rodearía de sus recuerdos más íntimos.

Una mujer del lugar, por las mañanas, atendía sus necesidades domesticas, volviendo a la caída del sol y, ayudándola a acostarse, la despedía hasta el día siguiente.

Y así cada tarde, sentada bajo el porche, evocaba en soledad, todos y cada uno de los momentos vividos con su hombre, mientras acariciaba la vieja pitillera metálica entre sus manos.

Inesperadamente, un pequeño gorrión, se le aproximaría con más confianza de lo habitual, llamando su atención. María sorprendida, presurosa, le ofreció migas de pan, de tal forma, que poco a poco el pajarillo, cada vez más familiarizado con ella, llegaría cada tarde hasta su regazo, donde lo alimentaba.

Sin poderlo evitar, sus ojos se nublaron de lagrimas rememorando esta misma estampa junto a Manuel e imaginando que pudiera ser una señal, una presencia extraña, que la hacía elucubrar y hasta hablarle al pequeño gorrión, como si de alguien se tratara.

– Hola, pequeño, te estaba esperando, ven, acércate.

El animal, se aproximaba hasta ella cada vez más, dejando acariciar su plumaje por la anciana, como si hubieran estado juntos toda la vida.

– ¡Me recuerdas tanto…! Cuando llegas por las tardes, me tranquilizas, me acompañas.

– ¡Desde hoy te voy a llamar “Manuel”! ¿Te importa?

Y no de otra manera, tarde tras tarde, discurrían en animada conversación con “Manuel”, el pajarillo, como si de un ser entrañable se tratara.

La insólita compañía, se convertiría en la razón de su existencia, de tal forma que, cuando alguien la visitaba o algo tuviera que hacer, siempre eludía comprometerse a las horas en las que el pequeño pájaro, antes de la puesta del sol, la visitaba.

Había ocasiones en las que se quedaba dormida en su butaca, mientras el gorrión seguía revoloteando en su falda, encontrándola así la mujer que la asistía y, que tras despertarla no sin conmoverse por la tierna escena, le ayudaba a llegar hasta su dormitorio, donde la dejaría cariñosamente arropada.

Una tarde fresca y apacible, María, tan feliz como podía, hablaba y hablaba con el pequeño “Manuel” hasta que, cansada, se quedó dormida una vez más, mientras el pajarillo seguía jugando entre sus manos, a la vez que caían las primeras hojas de la parra en su regazo, presagiando la llegada del más triste de los otoños.

Ese día, la asistente llegaría algo más temprano preocupada por el día que, más corto y frio propio de ese tiempo, pudiera afectar a la anciana.

Al asomarse hasta el parral donde sabía la encontraría, no le sorprendió mucho hallarla, como otras veces, dormida y con su amigo el pequeño gorrión revoloteando sobre ella, arrancándole una sonrisa y tratando cariñosamente de despertarla.

Pero esta vez, María no despertaría.

Pasado un tiempo y, estando aquella mujer ordenando periódicamente la modesta casa, alguien la interpeló intencionadamente:

– ¿Es aquí donde cuentan que desvariaba, hablando con un pájaro?

Ella, sin ánimo alguno, levantó su miraba hacia aquel porche rebosante de ausencias y, recordando emocionada la imagen de María y el pequeño gorrión, respondió escuetamente:

– Estuve con ella hasta el final de sus días y solo la oí hablar con Manuel, el amor de su vida.

*Música: “Dance Me to the End of Love” – (Leonard Cohen), by Alexandre da Costa.

13 comentarios en “MARIA Y MANUEL

  1. Tierna historia. Con un perro, con un pájaro, con el mar también… se habla mucho a solas porque cuando das amor, lo acurrucas con cariño y lo recuerdas cuando no está tal vez te tachen de desvarío, pero solo es un corazón que siente. Me ha emocionado tu relato, dice mucho entre líneas. Un placer verte/leerte de nuevo. Un abrazo.

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      • Muy tierno tu relato ¿hay algo mejor qué imaginar en reencarnarnos en tiernos animalillos? Tal vez en la inocencia de un niño o si fuera posible en aquella joven, casi una niña, enamorada de su amigo poeta, que escribía en la servilleta de un bar, su próxima canción, que con el tiempo pensara que era “Esa niña que me mira” y a la que nunca volvería a ver, pero que sin embargo ella nunca olvidó, ya no como un amor, sino como una juventud ya muy lejana, que le volviera a la mano como el pajarillo “Manuel”, una y otra vez.
        Felicidades Pepe, por tus relatos y por favor, sigue escribiendo. Yo te seguiré leyendo.

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  2. Es preciosa la historia de amor tan inmenso que vivió esta pareja. Y la amistad con el gorrión es fascinante, tan real que vivo cada escena. Felicidades, gran relato.

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  3. llévame bailando hasta tu belleza con un violín ardiente”, que significa la belleza allí siendo la consumación de la vida, el final de la existencia y del elemento pasional en esa consumación. Pero es el mismo lenguaje que usamos para entregarnos a la persona amada, de ahí la canción: no es importante que nadie conozca el origen de la misma, ya que si el lenguaje viene de ese recurso apasionado, será capaz de abarcar toda la actividad apasionada».
    Muy buen Relato de Amor,, Compañero , Tierno , Dulce, Amoroso , Sensible .
    Te introduce en la historia y más si has tenido que dejar Tú sitio para vivir en otro, sabes bien lo que significa, estar alejado .
    Esta canción es una de mis preferidas. Nunca me canso de escucharla.
    Gracias una vez más.

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    • Me alegra que mi relato te pueda conmover y, si la música de Cohen, como fondo para mi lectura, te ayuda a ello, aún mejor.
      Cohen es la voz del amor y del desamor, a veces trágico como tierno. Incontrolable como su vida, como sus sentimientos.
      Siempre te agradezco tu presencia.

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      • No he leído que su vida fuera Incontrolable ,, pero si su Poesía.
        Buscar la verdad y dar Fe de ello, sin sueños Imaginaros, no ardientes esbozos de mares volando .
        De la Poesía , paso a la Música para sentir mejor su Pasión la Poesía .
        Que mejor Poeta que dar Voz al Holocausto , al Sexo excitante , La Religión, al Desamor, Política.
        Cohen se define, es «un egoísta que se pasa la vida escapando» y que «hacía sufrir a quién me rodeaba porque siempre conseguía huir»
        ” Bird on the wire””””””””

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  4. Por fin encuentro el momento propicio para leer este nuevo relato y me alegro de haber buscado ese momento lleno de paz y sosiego porque la historia lo merecía y lo necesitaba. No es posible leerlo sin estar antes lleno de sentimiento y tranquilidad.
    De verdad que, de todos tus relatos leídos y sentidos, y son muchos, ha sido el que más me ha impactado emocionalmente. Para mí ha sido una lectura sublime, apoteósica, donde todos mis sentimientos, los buenos sentimientos, se han visto pulidos y tallados como si de diamantes se tratarán, enriqueciéndome a nivel interno y sentimental.
    Historia bonita y emotiva donde las haya, créeme.
    Hoy he rentabilizado al máximo los minutos dedicados a esta lectura.
    Quiero más.
    Abrazo.

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