EL INVIERNO AZUL

“…porque a ningún hombre o mujer, la belleza puede serles ajena…”

Aquel frío mes había llegado cargado de melancolía tras los fiascos  en el pasado y que el presente no acertaba en remediar. Su vida, no había sido otra cosa que la clásica lucha del hombre con su destino y éste, decidió anclarlo a un eterno e infinito camino sin final concreto, inmerso en la incertidumbre y a la eterna espera de un sorpresivo tropiezo que le devolviera a vivir.

No podía decirse que era un hombre desesperanzado, si acaso el constante buscón sabedor de que en cualquier instante, se vertería ante sí la sorpresiva luz cegadora, la eclosión del sueño, el sentido esencial de la vida.

Aquella mañana, en el viejo bar del modesto parque, mientras en sus manos deshojaba las páginas de escaso interés de un periódico local, perezoso en ideas y de sobada información, observaba el devenir de su mundo proximo.

Como un pez desde su pecera, a través del ventanal y entre intermitentes ojeadas sobre el diario, podía apreciar cómo se desesperezaba la vida en aquella sociedad deslucida, de gentes abúlicas, que cada día a la misma hora, escapaban por unos instantes de sí mismos, aislándose en el sosiego de un temprano café.

La mañana, que había eclosionado tristona y cubierta de ligeras nubes, prometía abrirse en claros dejando asomar rayos de un sol que, generoso, iría templando el ambiente de aquel frío día invernal a la vez que, los escasos árboles de la placeta, templados y agradecidos, destilaban discretas sombras haciéndose notar.

Poco a poco, un moderado bullicio se instalaba en el sencillo entorno. Aquella gente parecía olvidar por esos instantes obligaciones y carencias, aislándose en distendida conversación.

La repentina apertura de un gran claro en el cielo, dejó escapar un radiante sol que, incidiendo en el cristal del ventanal, llegó a cegar momentáneamente la visión de aquel hombre, interrumpiendo su lectura.

A la vez, entre el destello de la luz cegadora, advirtió dentro de un grupo recién llegado, la visión perturbadora de una hermosa mujer, que emboscada tras unos cristales ahumados, se adornaba de un pañuelo de azules, provocando un tsunami de estremecedoras emociones.

Siempre fue consciente de que a veces la exacerbación de los sentidos está encontrada con la grandeza del conocimiento, pero por su natural sensibilidad y su concepto platónico de la contemplación, jamás renunciaría a la sensualidad y a la belleza, allí donde estuviera.

La visión de aquella mujer al despojarse de sus oscuras gafas, denunció el azul poderoso de sus ojos enmarcados en pálido semblante que, entre oscuro y anillado pelo, rivalizaría con el recién liberado cielo de sus nubes.

Ese momento se le antojó como si la mar derramando todos sus azules, inundara aquel espacio y, arrollando toda presencia ajena a ellos, conformara una particular nebulosa cósmica, sin más estrellas que sus miradas encontradas.

Aquellos ojos y sus labios carnosos, impúdica amapola, sin más titubeos que el natural por el provocador encuentro, resistieron el flash del momento en una clara afirmación de sorpresa y curiosa atracción.

De improviso, pensó en la existencia de lugares comunes inadvertidos, donde las vidas discurren a veces perdidas en largos periplos virtuales y en constante búsqueda de imaginarios estadios tan idealizados como inexistentes, en los que se puede vivir o morir.

Y que andando irreales caminos que, aún entrecruzándose a incompatibles cotas en el tiempo y en el espacio, no por ello dejaban de rescatarnos, sorpresivamente, para regalarnos la definitiva contemplación, porque a ningún hombre o mujer, la belleza podía serles ajena.

Sabían que nada habrían de decirse, pero que en cada cruce de miradas, a la vez pregunta y respuesta, evidenciarían sus vidas, frustraciones y deseos furtivos, desatando olas de sensualidad y afanes, probablemente ausentes en su cotidianidad.

Ahora, en el quimérico encuentro, nada les impediría imaginar la cercanía de sus cuerpos y escribir la odisea de sus sentidos, en aquel breve y extemporáneo tiempo regalado.

Absorto todavía en la visión, le costaba comprender como, en aquellas breves miradas encontradas, podía discurrir toda una vida imaginada al calor de aquella mujer de la que conocía todo sin saber nada. Con su blanca palidez, sin hablarle, apreciaba su piel. Sin tocarla, ¿la amaba?

Aún sumidos en la mutua contemplación, donde el imaginario espacio azul excluyente convertía el instante en solo de ellos, llegó el momento cuando la mujer se prestaba a marchar, pudiendo aquel hombre entender porque a veces la mar puede ser, tan eternidad, como muerte.

Su piel se erizó cuando sus miradas compartían el último instante del encuentro en un adiós atormentado. Nervioso, al tomar un sorbo de su ya frio café, advirtió inesperadamente como éste había cambiado de aspecto, hasta convertirse en una especie de líquido color rojo, profundo.

De repente receló como el andar sin tino, si bien podía conducirle a la contemplación ansiada, la confusa visión, exacerbada, podía llevarle hasta el espejismo de un oasis, en verdad abismo, diluyéndose todas sus respuestas y donde, al igual que la belleza podía ser vida, esta alcanzaría a trocarse en tragedia.

Que a veces los encuentros no son siempre casuales y obedecen a premeditada alquimia para conseguir inconfesables propósitos.

Tembloroso y en silencio, sin renunciar a su última mirada, se negó a imaginar la posibilidad de que aquella hipnótica mujer, como Hades a Perséfone, le hiciera beber del zumo de la granada, convirtiéndolo en cautivo para siempre, de aquel invierno azul.

*Música: Vissi d´arteTosca – (Giacomo Puccini)

6 comentarios en “EL INVIERNO AZUL

  1. La vida discurre a veces no solo por periplos virtuales sino por caminos desgraciadamente muy reales que están próximos y no vemos. Un cruce de miradas que son las conversaciones más sensuales que existen, aquellas en las que se imagina todo sin tocar absolutamente nada. Eternidad o instante efímero. Convertir toda realidad en una irrealidad imaginada. Puede haber encuentros premeditados, pero los que discurren por la vía de lo imposible jamás lo son. Y no es por romper el hechizo de un encuentro inesperado, creo que nadie que haya “sufrido” algo así podría volverse loco y beber de una granada tentadora, eso solo queda relegado para la poesía. Y pese a esto yo soy de las que creo que existe ese amor que aparece sin buscar y que va más allá de la vida convertido en mar, en cielo o en poemas de color azul cielo infinito. Para beberlo o tal vez para soñarlo
    Perdona mi extensión, tus poemas me hacen siempre irme por las ramas cuando debiera estar pegada al suelo real, pero soy una romántica obsoleta.
    Buen sábado y un enorme abrazo.

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  2. Relaja, serena y amortigua ansiedades, eso es lo que se siente cuando uno saborea relatos como el que nos trae, y no es el único que sale de TU SENTIMIENTO y SENSIBILIDAD, porque yo, al igual que muchos de los que te seguimos, ya hemos podido degustar en otros momentos.
    No soy analista lingüístico, ni literario, ni lo pretendo, pero, incluso para cualquier profano como yo, apreciamos al instante como usas la palabra exacta y descriptiva, llena de sensualidad y poesía que no impide un buen relato y definición de la mini-historia contada.
    Sigue así AMIGO, porque así es como te queremos los que apreciamos la palabra y el sentimiento.
    Un abrazo.

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    • A veces, querido amigo, escribimos historias, acontecimientos y frustraciones, que vienen a ser comunes entre todos. Contemplarnos en su contenido, nos hace identificarnos con el, haciendo de su posible hermosura o melancolía, algo propio, vivido. Gracias por tu tiempo leyéndome.

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  3. Felicidades como siempre esperando Tus bonitas historias y contemplar lo vivido .
    O no , simplemente esperando Tu Gran Amor , como Puccini.
    Ese sueño Azul que nos envuelve.

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