ROXANA, el cuarto deseo

ALEJANDRO MAGNO-5

“Despertado el león, no hubo tregua…”

Había heredado de su padre, con su repentina y accidentada muerte, todos los medios para llevar a cabo su gloriosa leyenda, las dotes militares, la generosidad con el vencido, vicios y virtudes y a la vez, la animadversión hacia  las mujeres.

De su madre, el parentesco con Aquiles y una excesiva protección que determinó el efecto contrario al pretendido, en cuanto al desarrollo de su personalidad.

ALEJANDRO MAGNO-7De ella nace desde niño su admiración por el mito helénico, deseando ser a su imagen y semejanza desde sus juegos infantiles, hasta más tarde en sus campañas militares y en la intimidad con su amigo Hefestión, joven noble con el que desarrolló una “especial”, personal e inquebrantable amistad, concediéndole más tarde, los más importantes cargos mientras vivió.

– ¡Yo soy Aquiles! – le gustaba decir jugando.

– ¡Y yo Patroclo! – contestaba Hefestión.

De ambos progenitores, del odio que se profesaban y fruto de su sombra alargada, heredó también una niñez y juventud que no fue otra cosa que una huida constante de sí mismo y de sus contradicciones.

En este entorno, fue creciendo un personaje diverso, falto de afectos y reconocimiento, autodestructivo, entregado al alcohol y estimulantes.

Por el contrario, indiscutible general y estratega de gran valor, desconfiado y generoso tanto como cruel y magnánimo con los suyos y sus enemigos, aunque  por la represión sexual en su niñez, de sentimientos misóginos que le impidieron encontrar un camino decidido en sus ocultos comportamientos sexuales.

Iniciada una de sus campañas en Asia Central y tras reducir a sus enemigos, gustaba de congraciarse con ellos, devolviéndoles incluso el poder administrativo, no sin antes hacerles juramentar acatamiento a su imperio.

Asistía el joven militar a una fiesta en el palacio de un reyezuelo al que acababa de someter, cuando preguntó a uno de sus acompañantes.

– ¿Quién es esa mujer que baila tan destacada?

– La hija de Oxiartes, tu prisionero y de nuevo por tu generosidad, gobernador de Báctria, al que acabas de vencer y ahora te agasaja para congraciarse contigo – contestó con cierto desprecio uno de sus comandantes asistentes al banquete.

Roxana bailando-10

El joven conquistador no pudo apartar sus ojos de aquella joven. Pareciera que en ese instante se detuviera el tiempo solo para su contemplación, mientras volaba bailando cubierta de multicolores velos persas translucidos, que denunciaban todo el esplendor femenino de su juventud.

La hermosa joven tampoco renunciaba al encuentro de la mirada del conquistador al que se mostraba intencionadamente orgullosa, oferta exótica de libertad y emociones, a la vez que de fuerza o autoridad misteriosa y desconocida para el extranjero.

– No te fijes en ella, son peligrosos bárbaros asiáticos – le advirtió otro de sus acompañantes ante el estado contemplativo del joven rey.

Más desde el inicio de sus conquistas orientales, advirtió que los países que sometía, no eran sino de una gran exquisita cultura, costumbres y sensibilidad que lo fascinaron, tanto, como para hacerlas suyas y alejarlo del ánimo de volver a Macedonia, un detalle más en contra del pensamiento de su milicia, harta de las interminables campañas.

– Ve y dile a su padre que quiero conocerla.

– ¿Estás seguro? – le preguntó su intimo amigo Hefestión, entrando en la conversación y contrariado por el interés hacia esa mujer.

– Quiero conocerla – insistió de forma inapelable.

Nada pudo agradar más al reyezuelo que el interés mostrado por el joven rey hacia su hija, a la que hizo llamar procurando el encuentro de ambos, para congraciarse.

– Esta es mi hija…

– Roxana – le interrumpió la altiva joven, sin dejarle terminar.

– ¿Roxana? ¿Qué significa ese nombre?

– “Estrella que resplandece” – contestó su padre.

En ese instante, un gesto de la mano del conquistador fue suficiente para que el sátrapa abandonara el pequeño espacio aledaño al gran salón donde se desarrollaba la cena y quedaran solos, el uno frente al otro, con las miradas encendidas.

Roxana-9En su proximidad, le pareció hallarse ante un paisaje tan nuevo como ignoto, hasta el punto de dudar de la realidad del momento tal, que acercándose a ella, alzó lentamente su brazo hasta acariciar la cara de la mujer con la punta de sus dedos.

– ¿Eres real? – le preguntó como ironizando.

– Soy Roxana, Princesa de Báctria, ahora tu prisionera.

– No, no…, no existen muros ni rejas para tanta belleza ¿sabes quién soy?

– Alejandro, el macedonio, quien nos ha vencido, pero que no puede tomar todo cuanto desee.

– No tomaría nada que no me fuera dado o que no ganara convenientemente – sentenció.

Apenas tendría algo más de diecisiete años. Al contemplarla de cerca, si antes impresionado mientras bailaba, ahora definitivamente ante su extraordinaria belleza, el joven general quedo fascinado, experimentando sensaciones y estímulos que jamás había conocido ante ningún otro ser.

Hasta entonces, sus relaciones podían contarse por igual entre hombres y mujeres, en virtud de una indefinición propia de una adolescencia incapaz de desarrollar su personalidad, que adulto siempre intentó ocultar, a expensas de una orgía de sentimientos desordenados o el desequilibrio contagioso producido por la enfermiza naturaleza de sus padres.

Pero esta vez, el encuentro con la joven noble, no solo rompió todas las expectativas de hasta ahora en su vida, sino que por instantes, pareció descubrirse así mismo, ante la más fuerte emoción experimentada.

Roxana la joven princesa considerada la mujer más hermosa de Asia, además de poseer un gran carácter,  gozaba de una personalidad tan arrebatadora, como inasequible.

De largo pelo negro como sus ojos perfilados y tez aceitunada, vestía una túnica persa de escasa opacidad, ceñida a su cintura con cordones trenzados de finos hilos multicolores.

Su frente se engalanaba de un tocado de lentejuelas y pequeños colgantes de plata adornados en doble fila y ensartados a unas finas cadenas del mismo metal, de las que pendían. Su hermoso y desnudo cuello, se engalanaba con un collar plateado con engarces de ámbar, realzando su atractivo incontestable.

Dos velos superpuestos de diferente color, con encajes en sus bordes, cubrían su hermosa cabeza enmarcando toda la visión mágica de un semblante único, enalteciendo finalmente su figura al caer hasta un poco más bajo de sus rodillas.

Llamaban la atención sobre unas sandalias de fino cuero y detalles repujados, en ambos tobillos enroscadas, dos pulseras doradas que remataban en sendas cabezas de serpiente, sobre finas cadenas con pequeñas alegorías.

Todo ello le procuraba una estampa de gran sensualidad, belleza y misterio, produciendo en el joven Alejandro tal impacto, que sin pensarlo, decidió tomarla como esposa.

ALEJANDRO MAGNO-11Reunido con su milicia, explicó la conveniencia de tal unión con la excusa de crear alianzas, compartir culturas y fidelidades en los territorios conquistados a los que haría provincias macedonias, para su mejor estabilidad a favor del imperio.

Aún con la oposición manifiesta de sus generales que preferían una definitiva esposa griega, la boda estaba decidida. Presto y ante la satisfacción indisimulada de Oxiartes, dio las órdenes oportunas para pedir la mano de su hija.

– ¿Sabes bien lo que haces? – le increpó, desplazado y celoso su amigo Hefestión.

… Es una mujer peligrosa – prosiguió – Soberbia como tu padre Filipo e igual que tu madre Olimpia de la que siempre has huido, una bruja autoritaria y de igual extraños gustos por las serpientes, aléjate de ella, será tu perdición.

– Nunca vi nada más hermoso en mi vida – contesto a su amigo con mirada ausente, provocando la marcha de este, desesperanzado.

Mediante rito persa y según la tradición se celebraría la boda, a la que Alejandro hizo traer un gran pan, sagrado símbolo para los macedonios en las celebraciones conyugales.

A la vez el padre de Roxana, como regalo al conquistador, le entregó una espada “sogdiana”  de especial temple y con la guarda cubierta de piedras preciosas, con la que el joven rey partió el pan que probaría con Roxana.

Su deseo de agradarla, hizo que desde ese instante, alternara su famosa “falcata ibérica”, la espada que utilizara siempre, con la “sogdiana”, en sus campañas de Asia.

ROXANA -Boda-1Alejandro solo tenía ojos para ella. Ataviada para la ceremonia con una túnica roja de inimaginables bordados geométricos, se cubría con una capa del mismo color enmarcando su cara, a la vez que un velo tejido con delicados elementos plateados dispuestos en varias filas desde su frente hasta el final de su rostro, lo cubría, sin poder ocultar tanta belleza.

El joven rey, ataviado con sus mejores galas de corte helénicas, lucía sobre su pulida armadura, un gran collar de piezas cuadrangulares plateadas con engarces de pedrería, propio de su personalidad imperial.

Aquella noche, una vez solos, la habitación dispuesta de los mejores tapices y alfombras, así como de antorchas y candiles que encantaban el ambiente perfumado donde se encontraba el tálamo nupcial, Alejandro sorpresivamente, se acercó hasta sus labios besándola con delicadeza.

Fue suficiente para ganar su confianza. Roxana tranquila frente a él, tras despojarse del manto que la cubría, liberó las hebillas que retenían la túnica sobre sus hombros cayendo esta hasta el suelo y mostrando la desnudez de su cuerpo, sus pechos turgentes, erguidos y ante su mirada atónita, ofreció el delirio que jamás había conocido el macedonio.

Volviéndose, en dirección al lecho, Alejandro la tomo por detrás en gesto incontenible, a lo que ella se opuso.

– No, no estás en Macedonia; en oriente y en mis brazos hay algo más que vuestra actitud indiscriminada del “eros”.

… No, no más. Ahora mi señor – continuó – descubrirás el universo  que despidiendo el pasado, te aguarda por conocer.

Ambos sobre la cama, de rodillas uno frente al otro, como dos ejércitos que se convienen victoriosos sin evitar  batalla, se entregaron a una lucha sin más armas que sus labios encontrados en cada rincón de sus cuerpos, o sus manos, en voluntariosa exploración de sus sentidos.

Roxana 6--recortada

El prodigioso físico de la joven princesa, sus carnosos labios y el propio conocimiento de su belleza sabedora del deseo que siempre provocaba, destapando su lujuria, se ofreció al macedonio como el mejor botín que jamás obtuvo en campaña alguna.

Despertado el león, no hubo tregua. El conquistador insaciable la tomo por la cintura, fustigándola y haciéndola galopar  sobre su cuerpo, mientras sus miradas no pestañeaban de puro asombro placentero. A su antojo, el uno y el otro, se poseyeron sin miramiento alguno en complacido sometimiento a juegos y caprichos.

Pudo ser interminable la noche y los días que la siguieron. Ambos, arrogantes, no cedían al cansancio, orgullosos e insaciables no se rendirían sino en un enredado y final abrazo, extenuados sus cuerpos.

Alejandro ya no pudo prescindir de Roxana, el ser que amó con mayor intensidad. Convertida en su amante, compañera y consejera, no fue bien visto por los macedonios que adoptara la costumbre de los reyes persas, llevándola con él en todas sus campañas de Asia.

Hefestion-5Al no mucho tiempo, la muerte de Hefestión, general de caballería, su favorito consejero e intimo  amigo desde la niñez, le produjo tal dolor y desasosiego, que enrabiado ordenó matar a su médico, rapó su rubia cabellera y en señal de duelo, sus ejércitos cortarían las crines de sus caballos, llevándolo hasta Mesopotamia donde fue incinerado en Babilonia, con los honores de un héroe.

Fue estando allí, un año más tarde, donde se escribiría la desdicha del emperador, cuando asistiendo a una fiesta en el palacio de Nabucodonosor, comió, bebió en exceso y lo más probable, envenenado, cayó enfermo con altas fiebres y pérdida de fortaleza física con abundantes y constantes náuseas, tal que a los pocos días no se tenía en pie y le costaba hablar.

El hijo de Zeus, como a veces endiosado se gustaba llamar, el joven general que en tan solo trece años dominó un imperio que se extendía desde Grecia, Egipto, Persia y hasta la India, si bien dedicó más tiempo a consolidarlo por sus continuas rebeldías que a su creación, puso sus pies en la tierra y con apenas treinta y tres años dio su talla, mientras se libraba la batalla definitiva de su vida, del gran militar y extraordinario hombre que fue.

Alejandro convocó a sus generales haciéndoles participes de que su desaparición estaba cerca. Estos, tratando de suavizar el momento, con cierto tacto y el mayor de los respetos ante el drama amenazante, le contestaron:

– No mi Rey… – tratando de consolarlo – pero mientras estas afligido o imposibilitado…, o de cualquier forma que los Dioses dispongan… ¿quién debe ser el que te sustituya?

Con la mirada perdida y ausente por la alta fiebre, por su cabeza desfilaron los mejores momentos de su gloria y sin decirlo, pensó en su desaparecido fiel e insustituible Hefestión, que sin duda hubiera sido el heredero más aglutinador.

Entonces, mirando a los ojos de cada uno de sus generales con gesto definitivo y apelando a su confianza, les contestó:

– El más capaz.

… Y ahora que sabéis mi cercano final – prosiguió como pudo – quiero pediros tres deseos, que jurareis cumplir tras mi muerte:

“… Que mis médicos porten mi ataúd; que todos sepan que ante la llegada de la muerte, no tienen el poder de curar.

… Que los bienes que me pertenezcan, sean esparcidos por el camino hasta mi tumba, para que todos vean, que lo aquí atesorado, aquí queda.

… Y que mis manos queden libres fuera del féretro a la vista de todos, para que puedan apreciar que vinimos con las manos vacías y así nos vamos”.

Muerte de Alejandro-3

En el más sombrío de los silencios, los generales abandonaron la habitación con sus caras desencajadas sin poder comprender como la vida les arrancaba, cuando más necesario era, a su joven respetado rey, el líder único quien les regaló toda la gloria que disfrutaron, el irrepetible hombre y héroe más grande de su tiempo.

Al fondo de la cámara, en un rincón apartado, una mujer asistía a la triste despedida de los mejores y más fieles comandantes del rey macedonio, mientras sollozaba.

Roxana llorando recortada-17

Alejandro le pidió acercarse hasta su lecho, diciéndole:

– Sabía que estabas ahí y es a ti, el ser más querido en mi vida, a quien tengo que pedir algo más.

– Sabes que complacerte ha sido y será mi voluntad más extrema… ¿qué no haría que me pidieras?

Alejandro, esforzándose, se recostó en su regazo y alzó su mirada, sabedor de la última contemplación de la “Estrella que resplandece”.

– Dime… ¿Qué deseas?

Mirándola fijamente, a su cabeza llegó el recuerdo del instante de aquella noche en Báctria, que envuelta entre multicolores velos, bailaba para el conquistador, deslumbrándolo, sin saber siquiera de quien se trataba.

– Roxana… – volvió a pronunciar su nombre.

– Dime, mi rey… ¿Qué deseas?

– Morir en tus brazos.

muerte de Alejandro-1

Alejandro III de Macedonia, conocido como Alejandro Magno, murió a los treinta y tres años de edad.

Constructor del mayor imperio de su tiempo, el hombre más poderoso del mundo se fue, no sin antes dar muestra de su grandeza humana, cuando desnudándose de sus vanidades, pidió antes de morir a sus generales cumplir sus tres famosos deseos, que daban la medida de su verdadera humanidad.

Pero hubo uno más, quizás el más importante y el mayor legado de amor que en su vida hiciera, no sino, para su esposa la Princesa Roxana de Báctria, la única mujer que amó, la que pudo cambiar su vida y a la que pidió, como cuarto y último de sus deseos, morir en sus brazos.

Era el final de la saga maldita del rey Filipo II verdadero urdidor de la Macedonia unificada. De su proyecto expansionista imperial que llevaría a cabo su hijo Alejandro, de Olimpia la madre de este, que protegió mientras pudo a Roxana y al hijo póstumo del conquistador, Alejandro IV.

Todos ellos, murieron asesinados por sus propios compatriotas, dejando como único rastro de su estirpe para la historia, la grandeza de sus hazañas.

Filipo de Macedonia-4

* Las imágenes de Rosario Dawson como Roxana en el film “Alexander” de Oliver Stone, las acompaño para representar a la protagonista de este relato, por su belleza y exotismo.

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