UN COLLAR para una paloma

Estambul-3Su nombre era Alí Berham, como su padre, y había nacido en Estambul dentro de una familia muy modesta que gracias a su esfuerzo progresó llegando a tener un sencillo tenderete en el antiguo Bedesten de Cevahir” o bazar de la joyería de ésta ciudad, donde con el tiempo y al inicio de la mercadería de la seda le llamarían también “Sandal Bedesten” o de la seda, ambos principales productos del comercio en este tiempo.

Fuerte de complexión, estatura media y edad pasados los cincuenta. De cabello largo castaño, sobre una barba más bien corta y bien arreglada lucía un bigote no de muy grandes dimensiones de forma que podríamos hablar de una fisonomía agradable y más con el añadido de su personalidad relativamente singular en su entorno.

Diría que culto y cosmopolita, fruto de sus continuos viajes a los que dedicó los últimos años así como a través de sus conocidos en los zocos, en general extranjeros que le aportaban nuevos e interesantes conocimientos.

Trabajó junto a su padre en el “puesto” del bazar desde su niñez, comenzando más tarde a viajar en busca de mercancías exóticas, hasta que desposó con una joven de la que no al mucho tiempo hubo de separase, viviendo en soledad hasta el presente.

Marcado por aquel hecho, abandonó Estambul definitivamente yéndose a vivir a la ciudad de Trebisonda, la antigua Trabzon, al noreste de la región de Anatolia, en la costa del Mar Negro.

Trebisonda -acueducto-1En principio, se dedicó al cultivo y mercadeo del reconocido té de la región, pero su alma de mercader itinerante le llevó de nuevo a las rutas comerciales, a los grandes viajes a los que dedicaría su vida ejerciendo la compraventa e intercambio de los productos más solicitados joyas y seda, pero siendo ya esta ciudad su base y hogar para regresos y descansos tan necesarios en este oficio, alejado definitivamente de Estambul y sus recuerdos.

Aquella madrugada entrando la primavera, tras el día anterior haber pertrechado caballerías y mercancías para comerciar según la conveniencia del lugar, se prestó a iniciar el viaje acompañado de dos ayudantes que dada la duración del mismo, iría intercambiando en los “fonduqs” del camino al uso de las caravanas, con el objeto de que en cada puesto del itinerario, los renovados asistentes, serían mejores conocedores de las rutas de cada zona y sus peligros. En principio, con ellos cinco caballos formarían la recua para el viaje.

Era ambicioso su plan en esta ocasión. Si el tiempo lo acompañaba y no sufría accidente alguno, su destino serían Samarcanda, los poblados más importantes en el camino y el más anhelado de todos Xi’an en China, si conseguía llegar.

Llevaría con él plata, marfil,  alguna joyería, perfumes y textiles de procedencia occidental y de los países por donde transitaba. De los más orientales volvería con jade, seda,  cerámica y especias, productos que vendería en Turquía, donde había gran demanda de ellos.

Camino del norte de Armenia y después Irán, las soledades en los descansos al anochecer no lo liberaban de su lucha interior, de sus recuerdos más dolorosos y lo peor, que pasados los años de todo aquello no había conseguido llenar su vida, eliminar los fantasmas del pasado y ganar un presente que sabía merecía, que no atinaba a encontrar o la propia vida le negaba.

Por las noches acampados a la luz de un candil de aceite, entretenía su mente con lecturas de antiguos libros que en el bazar de Estambul consiguió o le regalaban conocidos e importantes viajeros y que siempre le acompañaban en sus “caravaneos”, a la vez que si se interesaban sus ayudantes, les leía entreteniéndolos hasta el sueño.

samarkanda-1Tras muchos días, pasado Turkmenistán, transitaban ya la gran planicie desde donde se divisaban la murallas impresionantes de Samarcanda, ciudad por si sola meta obligada por su importancia comercial y sitio de descanso donde las caravanas se avituallan, descansan y gozan de su “oferta” placentera, antes de iniciar el resto de la gran ruta hacia China y Xi’an la ciudad de la seda, a los que todos no llegarían.

A la entrada por el sur, una gran puerta daba paso hasta los “fonduqs”, donde por breves días se alojarían hombres y caballerías con objeto de un buen descanso a la vez que realizar operaciones de comercio e intercambio. Allí una vez más, pagaría a sus últimos ayudantes de viaje y contrataría otros con objeto de reemprender la marcha hacia oriente.

Instalados en el “fonduq”, se dio un baño que deseó interminable y del que se resistía a concluir. Recuperado y cambiado de atuendo, se dirigió al bazar en el que tantas veces en otros viajes y entre otros brazos, se redimió por unas horas de sus soledades.

En los alrededores de los albergues y esquinas de las calles del bazar, se podían encontrar mujeres, bien del “clásico” oficio al acecho de las caravanas, u otras que forzadas por su extrema necesidad, se entregaban circunstancialmente sin remedio para aliviar sus necesidades más básicas.

Todas con “hiyab”, solo dejaban ver sus ojos, sus miradas disimuladas o insinuantes, tras las que era difícil discernir su condición.

Amida-1En un rincón apartado sentada sobre un muro al paso de Alí Berham, una mujer tras observarlo fijamente, bajó su mirada como avergonzándose de encontrarse allí.

Alí Berham sabía y necesitaba de aquel juego consentido, que nada remediaría su estado anímico, pero al que se entregaría dejándose “engañar” a sí mismo por unos momentos.

– Alá te guarde mujer, tienes una hermosa como triste mirada que me ha conmovido y deseo conocerte.

– ¿Desde dónde vienes viajero?, tu también portas un semblante de soledad.

– ¡Qué más da! Estoy aquí.

– ¿A dónde vas?

– He visto tus ojos y no sé porqué, busco tus brazos.

Sorprendida contestó:

– Tú también atrapas, estás deseoso y yo estoy aquí para ti, si quieres… – confesó la mujer con cierta melancolía.

Amida-6Alí Berham apartó el hiyab de su cara con gesto experto, dejando ver toda la luz de una hermosa mujer de no más de treinta años de edad.

Una vez a solas, antes de entregarse, con indisimulada amargura, la mujer le dijo:

– No es necesario fingir nada, no me quieras…

– No te quiero… – apostilló el turco.

Inesperadamente, poco a poco,  entre ellos se instaló una comunicación agradable. Ambos a su modo se encontraban desde sus propias miserias, actores involuntarios pero necesitados el uno del otro, en una representación que pretendía aliviar durante unos instantes, sus tragedias personales.

Y se amaron con tanto deseo, que hombre y mujer no acertaban a entender lo hermoso del momento, el sorpresivo y emocionado encuentro.

La mujer, pudorosa, todavía casi cubierta  la mitad de su cuerpo, aceptó el hombro que aquel hombre apasionado le ofrecía, descansando su preciosa cabeza.

– Eres  especial…, y avezado amante ¿cómo lo consigues?

– Debe de ser natural si estas con la persona adecuada a tu sensibilidad y conocerte ha sido una sorpresa insospechada, un regalo de Alá en el camino – contestó sonriendo.

Por un instante la contempló observando con detenimiento su pelo oscuro brillante y denso, de ojos grandes de oscuro ámbar y una media sonrisa, que melancólica, dejó escapar regalándosela.

– ¿Cómo te llamas mujer?

– Nadie me lo preguntó nunca.

– ¿Cómo te llamas? – insistió.

– Umida.

– Es bonito… ¿Qué significa en mi lengua?

– Algo así como “esperanza”.

– Nunca pregunté su nombre a nadie, pero dicho el mío, ¿cual es el tuyo?.

– Mi nombre es Alí Berham, pero puedes llamarme Berham, en tu lengua sería algo así como “victoria sobre la resistencia”, ja, ja, ja…

– Curioso…, deseo saber de ti, de tu vida, eres alguien especial ¿te importa?

– No me importa, no sé porqué me transmites confianza.

Estambul-2… Nací en Estambul – prosiguió – donde trabajé en el bazar con mi padre, hasta que comencé a viajar mercadeando por Turquía. Más tarde me casé, pero quizás mis largas ausencias alejaron paulatinamente a mi esposa de nuestra unión, abandonándome finalmente por otro hombre. Yo la quería. Me pidió que la repudiara, en vez de un divorcio que la dejaría en situación delicada y así lo hice, por no perjudicarla. Hoy vivo en Trebisonda a las orillas del Mar Negro, a donde probablemente huí de mi mismo. Desde entonces soy un ave solitaria sin acertar con quien volar.

… Los viajes son mi escape – prosiguió – un camino de busca constante en soledad. Me acompañan mis libros para aislarme de mis recuerdos, regalos de amigos como el viejo Ibn Battuta , un viajero marroquí de Tánger conocedor de Al Ándalus, que al visitar Estambul me regalaba tratados de amor y poesía andalusíes.

– ¿Y tú? Una mujer como tú, ¿como estas aquí?

– Tampoco nunca antes compartí detalles de mi vida con nadie, pero sin saber la razón, no me importa hacerlo hoy contigo.

… Soy de  de una región cercana al este de Samarcanda llamada Kunduzak – prosiguió – si bien mi familia procede del norte de Irán. Estuve casada. Mis padres acordaron una interesada boda con un hombre, que desde que me poseyó, me maltrataba y vejaba. Despreciada, abandonada sin atención ni ayuda alguna, un día no satisfecho, se divorció de mí con lo que eso supone en nuestra sociedad. Nadie me apoyó, ni mi familia. Comparto una modesta vivienda con otra mujer. La necesidad más elemental e imperiosa me lleva a esto, si no de forma habitual, eventualmente. Me siento destrozada.

… Eres el único hombre que sabe de mí, con el que he hablado sin tapujos. Eres cercano… – terminó, mientras involuntariamente, se humedecían sus hermosos ojos.

Amida y Berham-1Berham, no pudo aguantar su atractiva mirada y la besó delicadamente. Ella totalmente receptiva con el hombre de Turquía, sin esbozar palabra, lo invitó de nuevo al juego amoroso, que en esta ocasión, tomó proporciones desconocidas para ambos.

Umida, inesperadamente y por primera vez, se despojó totalmente de todas sus ropas, entregando su luminosa desnudez al hombre del que su cercanía humana, le provocaba tantos nuevos sentimientos que parecían no haber existido nunca para ella.

Después del gozo, abrazados el uno al otro, no sabían cómo romper el silencio del momento, la hora del adiós que más tarde o temprano habría de llegar.

– ¿Nunca has encontrado mujer alguna, que remediara tu soledad, que te hiciera olvidar lo sufrido? – Preguntó Umida sorpresivamente.

– No, nunca. En todo este tiempo he volado solitario.

– ¿Y si llegara el momento o en alguno de tus viajes, reconocerías a quien pudiera “volar” contigo?

– Sin duda y se lo haría saber.

Llegando el instante de la despedida, antes de partir, Berham se dirigió titubeante a la mujer:

– He de pagarte aún a sabiendas de que no tienes precio. Me avergüenza hacerlo.

Casi ocultando el gesto, sobre una mesita de la habitación dejó unas monedas, más de lo habitual, evitando encontrar su mirada.

Umida, observando el gesto, se dirigió a él devolviéndole el dinero.

– Esta vez no. Has sido mi gran amante, mi amigo, el mejor que conocí. En tus brazos me sentí otra vez mujer. Ha sido una suerte conocerte y he de agradecértelo. No digas nada. Ahora vete, por favor.

Berham bajando su mirada, tomo la salida de aquella casa no sin antes y sin ser advertido, dejar sobre unos cojines las monedas rechazadas por Umida.

En el aire, en el pensamiento de cada uno, irremediablemente, quedaron las preguntas.

– ¿La volveré a ver…?

– ¿Regresará de nuevo…?

caravana-6A los pocos días, tras el descanso y avituallamiento, la pequeña caravana inició su salida por la puerta norte de la medina en dirección a China, sumándose a otras durante los primeros días en la transitada ruta.

En marcha, al poco siguieron un itinerario al sur, de terreno más amable para su tránsito, además de que por esta zona existían un rosario de poblados de buen comercio que visitarían en el trayecto.

Su próximo destino sería Mazar-i Sharif, después Islamabab en la meseta de Pothohar, hasta llegar a Srinagar en Cahemira.

Una vez allí, descansando en un “fonduq”, tras mercadear durante todo el día , Alí Berham no podía alcanzar el sosiego para entregarse al sueño necesario.

En su cabeza como siempre su desafortunada vida personal, herida que  no terminaba de cicatrizar envuelta en la más grande de las soledades. Únicamente algunos momentos, el recuerdo sorpresivo y agradable de Umida, la mujer de Samarcanda, lo aliviaba.

Así pasaron días y noches, hasta que en una de ellas, estando acampados y con sus ojos prendidos en el infinito estrellado, se dirigió a sus ayudantes.

– No iremos a China. Volvemos a Samarcanda. Durante el camino de vuelta y  finalmente en el bazar, liquidaré mis mercancías y volveré a Trebisonda, Turquía.
Alá me guíe – termino diciendo.

Esta vez por la puerta norte de la medina, la caravana de vuelta a la gran y comercial ciudad, la cruzaron hasta su salida al sur, buscando el mismo “fonduq” que los albergó a su llegada más de tres meses atrás.

Tras asearse y comenzando a caer la todavía larga tarde, en su cabeza no había otra idea que buscar a Umida, encontrarse  con ella una vez más.

Por muchas vueltas que dio por los habituales sitios donde solían apostarse las mujeres, no pudo encontrarla. Preguntó por ella a varias del “oficio”, que a la vez que negaban conocerla, se ofrecían generosas sustitutas.

Sin esperanza alguna volvía de nuevo a su albergue, cuando cruzándose en el camino con una anciana de aspecto normal, se atrevió a preguntarle.

– Disculpa buena mujer…, busco a Umida, alguien que conocí por aquí hace algún tiempo y nadie sabe de ella. ¿Te dice algo su nombre?

– ¿Umida…? ¡Ah si…! No…, no la encontraras por aquí. Hace meses que no la veo…, puede que regresara a su poblado…, no sé, no sé…

– Gracias mujer, El Señor te proteja.

Berham recordó el lugar de procedencia de Umida, Kunduzak, cercano a la ciudad y a donde en su caballo, iluminado de esperanza, se dirigió sin demora.

Una vez allí, un pequeño caserío  formado por modestas viviendas y pequeñas granjas con huertos, comenzó a preguntar por aquella mujer. Sorpresivamente al poco tiempo alguien que dijo conocerla, le indicó el camino hasta donde probablemente vivía, ante el gozo del turco.

mujer en campo-2Llegando al sitio, aún en la distancia, adivinó el cuerpo de una mujer entregada a labores de campo en un pequeño cercado frente a una humilde vivienda. A riesgo de equivocarse, aún distante, gritó:

– ¡Umida…, Umida…!

La mujer, como si un rayo la hubiera tocado, se volvió rauda y contemplando al hombre en su caballería, le contestó también lo más animosa que pudo.

– ¡Berham…! ¡Alí Berham…! – gritó abandonando todo y corriendo hacia él.

Uno frente a otro, no supieron que decirse en el primer instante. Solo sus caras, espejos de sus almas, delataban la alegría del reencuentro.

– No puedo ofrecerte más que un té en mi humilde casa, si quieres… – a lo que él asintió sin articular palabra ni dejar de mirarla.

Una vez en lo que era poco más de una cabaña con solo dos habitaciones, sin mostrar pretensión alguna, Berham le habló.

– Te he buscado largo tiempo en el bazar sin que nadie me diera razón de ti, hasta que una anciana me alumbró donde podías estar…

– Si, he de reconocerlo. Tras conocerte, me dije una vez más que aquel no era mi sitio. Un acercamiento con mi madre, me proporcionó este lugar donde puedo vivir modestamente, pero con la dignidad que creo merecer. Ahora estoy bien.

… ¿Y tú, tus viajes…?, tan relativamente pronto de vuelta… ¡Qué sorpresa más agradable…, pensé que no te vería nunca más…!

– No proseguí mi viaje a China y en Cachemira decidí volver. Esta vez lo haré directamente a Trebisonda, mi casa en Turquía, quizás para no volver nunca más al mundo de las caravanas y dedicarme a mis campos de té.

– Que alegría me das mi buen Berham,  no sabes cuánto lo celebro. Quizás vuelves esperanzado o encontraste alguien en tu camino que te hizo interrumpirlo, lo que tanto anhelabas…

– Sí, lo encontré…, por eso vuelvo…

– ¿Que encontraste mi buen amigo? – preguntó Umida, angustiada por lo que podía suponer quizás el no volver a verlo jamás, e insistió:

– ¿Que encontraste mi buen amigo…?

– Un collar para una paloma…

collar-2Alí Berham, de una bolsa que colgaba en su hombro, sacó un sencillo collar de cuentas de jade y apartando el cabello de la joven de su sensual cuello, se lo puso mientras repetía:

– Un collar para una paloma…, y esa eres tu.

Tras hacerlo, se acercó tomando su cara con delicadeza a la vez que besaba aquellos labios expectantes.

La mujer, incrédula, cubrió su boca con ambas manos evitando un grito de sorpresa y felicidad. Todavía sin asimilar el significado de las palabras de aquel hombre, lo abrazó con toda la ternura que le fue posible, mientras susurraba entre lágrimas.

– ¿Yo…, tu paloma…?

– Tu, mi paloma…, para siempre.

… Mañana salimos para Turquía, allí espera tu casa.

Umida, llorando en sus brazos, no paraba de dar gracias al Misericordioso.

Alí Berham, desvió su mirada un instante al cielo con un rezo agradecido.

– Gracias Señor, por matar mi soledad.

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