JUGLARES de nuestro tiempo

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Fueron modestas gentes y artistas que sirvieron para el desarrollo del teatro, la música, la lengua y la cultura durante la Edad Media. Itinerantes, mal pagados, a veces vejados, subsistían entre las dificultades de su tiempo como una clase aparte.

La mayor de las veces contratados por un Señor para su participación al servicio cortesano, y que cada día cobró mayor importancia para las actividades cotidianas, banquetes, fiestas y, como no, “ocultos amoríos”. El juglar de la edad media realizaba las funciones propias actuales de la TV y la Radio, transmitiendo las noticias, glosando las hazañas épicas o líricas, dándolas a conocer. En definitiva, actores y músicos que pasaron a ser mediadores o puentes de conexión entre el arte y el pueblo. Por su vida errante,  libre y poco convencional fueron a menudo blanco de críticas y persecuciones por la Iglesia y el poder de siempre.

¿Cómo algunos conocieron a Miguel Hernández, sino por el trovador de nuestra época Juan Manuel Serrat o la “Oda a la alegría” “beethoviana” a caso por el juglar Miguel Ríos? ¡Tranquilos no seguiré ahondando…! Pero estos y muchos más son el “Mester de Juglaría” de la actualidad.

Como en el “medioevo”, asistimos en el presente al desinterés por las humanidades, el arte y sobre todo por la creatividad en todas sus expresiones. Todas estas manifestaciones se rinden a mediocridades amanuenses (salvo excepciones obvias), amparados y al servicio de cualquier poder.

Los nuevos y jóvenes trovadores, los juglares de nuestro tiempo, poetas, escritores, periodistas, músicos, dramaturgos…, no tienen más amparo para desarrollar su obra, que su propio esfuerzo, sobreviviendo hasta que un día, su calvario llegue a dar algún fruto, tan sólo amparado por la protección intelectual tan discutida en la legislación vigente y la opinión, no sin razón, del pueblo.

No es una broma. Apesta ya en demasía el tufo de las intolerantes llamadas a la rebelión contra el derecho intelectual, que con la excusa de una sociedad, la SGAE, probada “Cueva de Alí Babá” en casos ajusticiados y con la que nunca, como autor, estuve de acuerdo en su gestión, o la contestación a una ley de protección de la Propiedad Intelectual, mal hecha, con prisa, imprecisa, inexplicada e inmadura. Estos tufos intolerantes, obviando las necesidades vitales de las personas, los derechos mas elementales de la propiedad privada, cercenan la cultura, las artes y la creatividad, y lo peor, con la demagogia de sus opiniones, “cocean” lo mas intimo de cualquier ser: el derecho a su trabajo y a poder vivir de el, con la dignidad de cualquiera.

Para colmo la fiscalidad es desmedida con los creadores, sufriéndola más los más modestos. Incluso, cuando estos gozaran de protector o mecenazgo, “La Gran Hermana”, Hacienda, toma su parte.

Mientras escribo, escucho uno de mis temas favoritos: el Concierto para piano nº 1 de Tchaikovski. ¿Qué hubiera sido de este hermoso legado sin un protector/a de su talento, sin una sociedad -en su contexto- amante de las artes o del Renacimiento, sin sus mecenas?

Hoy, legislaciones “ad hoc”, regulan sus apariciones en virtud de medioambientales normativas o  autocensuras inducidas, privándolos cada día de espacios de expresión.

Parece no saberse como “rematar” a los libres pensadores y “sus peligros” inherentes, a los “juglares” de nuestra época no inmersos en “nomina culta alguna”.

Se me ocurre alguna idea:

JuglaresUna buena solución de la que hay antecedentes o “jurisprudencia histórica medieval”, sería la relatada en una de las “Cantigas de Santa María del rey Alfonso X” y que nos cuenta la historia de un juglar que, “envuelto en su manto de viaje, pide hospitalidad a un señor en Cataluña; llega a caballo y trae consigo una vihuela. El júbilo invade la casa, el señor lo recibe cortésmente mientras un niño se divierte montando la bestia del recién llegado”. Se trataba de “un jogar que ben cantava” y que “sen vergoña” iba “andando pelas cortes”.

Mas cuando por la mañana el juglar marchó de la casa, el señor mandó sus criados a asaltarlo para “robarle el caballo y las ropas”. El sistema no es difícil copiarlo: ante los ciudadanos lo políticamente correcto y pagar a los artistas o sus derechos y a la salida del pueblo enviar sicarios a robar sus pagas y pertenencias.

Hay quién ha dedicado y dedicará toda su vida a la creación y la cultura, cada uno en la medida de su intelectualidad sin jamás exigir ni esperar nada a cambio. Personas que trabajan en lo que creen sin la obsesión de “trepar”, dedicados por entero a su creatividad, por otra parte, de no obligado consumo. Personas que tienen familias o mujeres, o hijos y ancianos que cuidar, que quieren vivir, envejecer y necesitan morir con dignidad, alegres, mientras la gente se enamora con nuestra música, se ilustra con nuestras historias, procurándose un rato de felicidad, a veces en los momentos más necesitados.

Me llegan a la memoria unos versos de Jorge Manrique, poeta de la lírica culta medieval, con los que nunca creí poder estar de acuerdo, si acaso, en su melancólica belleza, pero que reproduciéndolos como colofón, me hacen vacilar.

“Cuán presto se va el placer – cómo después de acordado – da dolor

cómo a nuestro parecer – cualquier tiempo pasado – fue mejor”

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