EL AÑO DE LA LUNA -VI- “El Jem”

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“Para un hombre que no termina de huir, sois posada para su alma incomoda…”

El alba del día de la partida hacia El Jem, presagiaba un implacable sol primaveral. Abu Yasír y el sirviente Issam, esperaban junto a los caballos pertrechados la salida de Al Chaís, para iniciar el viaje con todo a punto.

“Darro”, el hermoso negro berberisco excitado seguramente por la marcha pero ignorante del duro viaje que le esperaba, se movía fogoso y relinchaba inquieto harto de tanto tiempo estabulado, deseoso de un alegre galope a la voz de su amo.

Ben Al Chaís, una vez con sus acompañantes, tras acariciar las largas crines del animal, lo montó, y al momento espoleándolo dijo:

– ¡El Jem nos espera…, Alá nos acompaña!

– ¡Alabado sea…! – respondieron al unísono Yasír e Issam.

La pequeña comitiva rodeando la medina por su lado norte, bajó lentamente la ladera del promontorio donde se ubicaba Mahdia, y al dejarla tras de si, iniciaron un rápido trote tomando la dirección suroeste de lo que fue una vieja calzada romana que les conduciría a El Jem.

Debían cruzar El Sahel de este a oeste, región comprendida entre la ciudades costeras al norte de Sussa, la oriental Mahdia, la mas sureña Sfax, frente a las islas Kerkenna y hacia el interior El Jem, camino entre mosaicos de trigales y olivos de relieves suaves, bajas colinas y depresiones en forma de lagos salobres.

Toda y algo más de una larga jornada les llevaría el viaje hasta la antigua ciudad romana, donde deberían llegar en la próxima madrugada y tratar de descansar en el funduk o alhóndiga próxima al zoco, donde normalmente cuando había lugar, lo hacían los mercaderes a la vez que almacenaban sus mercancías a su paso por las ciudades. Al día siguiente visitarían al zalmedina, su buen amigo Rahál Al Sharif.

En el inicio del trayecto y con la fresca todavía de la mañana, había que contener y dosificar el trote de los caballos. Si bien el terreno a transitar no era abrupto, el inevitable y abundante polvo del camino y el sol cuando apretara, recomendaban un paso comedido para no agotar a personas ni a animales.

Caballos y jinetes enfilados con Al Chaís a la cabeza, tras él Abu Yasír y por ultimo Issam, con paso alegre y sin apenas cambiar palabra por el trayecto, atravesaban los campos algunos sembrados de grano y olivos, dejándolos poco a poco atrás y entrando en tierras mas yermas, donde alguna que otra depresión del terreno, conformaban pequeñas lagunas secas salitrosas.

Apenas nadie se cruzaron durante la cabalgada. Algún que otro modesto pastor de pequeños rebaños de cabras acompañados de algún niño, que corría hasta el paso de los jinetes para admirarlos de cerca o en la lejanía de algún campo de cereales, los agricultores faenaban lo propio.

ãÀPasado el mediodía, jinetes y monturas se detuvieron en un pequeño manantial, ultima fuente antes de El Jem, apenas un hilo de agua de duro sabor junto a unas pocas palmeras, donde un anciano pastor, presto, dispuso abrevadero para los caballos a la vez que invitó a sus jinetes a reposar a la sombra de una modesta jaima.

– ¡Alá os guarde, mi Señor…! – se dirigió el anciano directamente a Al Chaís, diferenciando por su porte y vestimenta al que supuso con acierto, el viajero mas principal.

– Que Él esté contigo, anciano…, gracias por tu hospitalidad y servicio; descansaremos un rato y también nuestros animales, que necesitaran un poco de sombra.

– Tu deseo será complacido… ¡traed los caballos cuando sacien su sed…! – se dirigió el pastor a Yasír e Issam con trato mas cercano –  por favor…, acercarlos al corral e instalarlos en la sombra – dijo señalando una cubierta de palmas y ramas, junto a un pequeño cerco de palos y espinos, donde reposaban unas cabras, no muchas, agobiadas por el calor.

– Soy Al Muthád, vuestro siervo. Mi Señor, no puedo ofreceros gran cosa, pero tomad…, aceptarme estos modestos alimentos si os sirven para reponeros de vuestro cansancio – dijo el pastor a la vez que ofrecía un poco de queso y dátiles a los viajeros.

– Alá premie tu generosidad, buen hombre – contestó agradecido Al Chaís.

Yasír e Issam, sacaron de las alforjas del caballo de este ultimo, alguna comida ligera preparada para el viaje con la que saciaron su apetito, a la vez que recobraban fuerzas para el resto del camino restante.

Después de ingerir algo y descansar un rato, los tres hombres se dispusieron a retomar el viaje, calculando que llegarían a El Jem ya muy entrada la noche.

Así fue cuando en la cerrada oscuridad, bajo un hermoso cielo estrellado, se avistaron lánguidas luces en la lejanía: El Jem estaba a la vista. La antigua ciudad de origen púnico, a la que los romanos llamaron Thysdrus, asomaba en el horizonte.

La visión de su relativa cercanía, excitó a los tres jinetes, que deseosos de llegar y tomar descanso, avivaron el paso de sus corceles, aprovechando la fresca de la noche.

A pocos metros de la entrada de El Jem, la sombra del magnifico anfiteatro romano se erguía como un fantasma dormido en la oscuridad.

el jem-2– ¿Que es aquella mole, Señor…? – pregunto Issam, intrigado por la visión de la gran sombra.

– Es el anfiteatro, mi amigo…, el viejo anfiteatro, rival del de Roma –respondió Al Chaís.

– He oído hablar de él Señor, pero nunca tuve la ocasión de viajar hasta aquí…- comentó Issam – debe de ser enorme…

– Yo he estado, hace años, una vez en El Jem – intervino Yasír – acompañando a una caravana para la que trabajaba; vi de lejos el anfiteatro, pero no tuve ocasión de conocerlo. ¿Podremos visitarlo…?, pero… cuéntanos algo Al Chaís, háblanos de su historia, seguro que la conoces y mejor lo comprenderemos al verlo – intervino Yasír, siempre dispuesto a escuchar las explicaciones de su jefe, que tanto le habían ayudado a entender a su país y su gente, además de distraerlo.

– Es una gran obra del poder romano en esta época; ¿sabéis que lo que es una población modesta hoy, El Jem…, llego a tener casi cuarenta mil habitantes…?

– ¿Cómo  fue posible…? ¿De que vivían en esta tierra tan árida y semidesértica? – preguntó de nuevo Yasír.

– ¿Recuerdas Yasír mis explicaciones sobre la Hispania romana, su estructura comercial luego aprovechada por los visigodos…, en Al Ándalus? Pues, bien, en aquella época los romanos hicieron de El Jem una prospera ciudad con un comercio perfectamente estructurado. La agricultura tenía una importancia tremenda; el cereal, el aceite y el desarrollo de la cerámica, hicieron de aquella población romana una laboriosa urbe. Especialmente, hubo una gran tradición artesanal con especialistas en las tallas en hueso y en la “musivaria”,  mosaicos, que la hicieron celebre.

…Era, como os digo, una urbe a la usanza romana. Baños, termas, circo, templos donde se adoraba a Mercurio, precisamente el Dios del comercio, y el enorme anfiteatro, como podréis ver…, sus tres pisos de altura y sus arcadas, imponen.

– ¡Es increíble…! – se admiraba Issam, también placentero ante tanta amena exposición histórica.

– ¿Entonces fueron los romanos sus primeros pobladores, antes que nosotros los árabes? –intervino esta vez Abu Yasír.

– ¡Por supuesto que no…! – Contestó categórico Al Chaís – ¿Cuántas veces te explicado que esta tierra es árabe, hace no mucho mas de cinco siglos? Tus ascendientes eran beréberes, sus pobladores antes que romanos, eran beréberes, tu gente, vuestra gente…, que fueron expulsados, primero por cartagineses y más tarde por los romanos…

… A la caída del poder de Roma y debilitada la provincia de Africa, otro pueblo, el vándalo, llegó al Magreb, reduciendo de nuevo a beréberes. Pero es Justiniano, otro emperador romano del imperio Bizantino quien los expulsa. Éste nuevo imperio también decae y sin control sobre el norte de Africa, el territorio va cayendo en manos del nuevo invasor: los árabes…

… En todo este tiempo – prosiguió Al Chaís – vuestro pueblo siempre estuvo invadido y controlado por los diferentes invasores que os he mencionado. No obstante, estos, estuvieron siempre hostigados continuamente por los guerrilleros beréberes, que desde más al sur, atacaban a los ocupantes de sus territorios, de forma valiente y continua, hasta la llegada de los árabes, desde oriente.

– ¡En fin…! ¡Que no nos han dejado tranquilos de por vida…! – bromeó Yasír.

– Vuestro pueblo, siempre fueron valientes guerreros que mas tarde, como ya sabéis, se sumaron a los árabes, e islamizados, protagonizaron grandes hazañas en todo el Magreb, e incluso sus ejércitos llegaron a Hispania, donde tuvieron mucho protagonismo en los gobiernos de Al Ándalus.

… Pero volviendo a El Jem, y para que sepáis mas del valor de vuestra gente, cuenta una leyenda, que la reina berebere Kahina…,

el jem-3– ¿Una mujer berebere…, reina…? –se sorprendió de nuevo Yasír en compartido asombro con Issam.

– Si, exactamente. La reina Kahina sufrió asedio por los árabes que pretendían eliminarla junto a su tropa, refugiada precisamente en el anfiteatro romano, dejándola sin agua ni víveres, pero sin poder conseguirlo.

Kahina y su gente se las valía, según la leyenda, mediante un túnel excavado que comunicaba con el mar, para conseguir el agua y pescado fresco para su resistencia.

– ¡Beréberes…! – exclamo, esta vez orgulloso, Yasír entre las sonrisas de Al Chaís e Issam.

Por fin, los tres jinetes llegaron a las puertas de El Jem. Rodeando la población por el este, llegaron a una de las entradas de la medina donde se encontraba el modesto funduk o alhóndiga.

El sonido de los cascos de los caballos sobre el viejo empedrado y la conversación de sus jinetes despertó al ayudante del zabazoque, el alamín Farid, que presto se levantó saliendo de la pequeña habitación donde descansaba, a la vez que vigilaba la alhóndiga.

– Alá te guarde, buen hombre, llegamos desde Mahdia…- saludó Al Chaís.

– Alá esté con vosotros; ¿quien sois y que queréis…? – interrumpió el alamín al recién llegado que hablaba.

– Soy Ben Al Chaís, comisionado de nuestro Señor El Sultán Abu Hafs para el sur de Ifriqiyah y en su nombre os pido albergue, para mis hombres y caballos, unas horas hasta ser recibido por mi amigo Rahál Al Sharif, el zalmedina.

– Alá os guarde…, Alá os guarde, mi Señor…- repitió cortes el alamín – disculpar, sabia de vuestra visita, pero no de vuestra llegada tan pronta y no os reconocí…, debéis disculparme…, – insistió – y aunque no puedo acomodaros sino que en modesto aposento, dispondré rápido todo para vuestro descanso.

Ben Al Chaís, el hombre de Al Ándalus, era conocido en todo el Sahel. Su centro de trabajo debía de haber estado en Kairuán, donde comenzó a desarrollarlo y a vivir, pero su obsesión por el mar, le hizo instalarse en Mahdia, buscando el horizonte mediterráneo donde apostar sus anhelos, sus nostalgias sobre Al Ándalus, su tierra perdida.

Desde allí, ahora irradiaba todo su trabajo. Sus visitas a todas las grandes poblaciones del centro y sur eran constantes en la medida de las necesidades de su labor, por ello, el hombre de Granada era conocido, tanto por el halo que le acompañaba y que le había hecho famoso en la zona, como por sus responsabilidades y representación directa de Abu Hafs, el Sultán.

Las pocas horas restantes de la noche, los viajeros las pasaron en una pequeña  y modesta habitación dividida mediante un tapiz en dos ambientes, en donde se instalaron separadamente Ben Al Chaís, en una de las partes y Yasír, junto a Issam en la otra.

Al día siguiente, una vez aseados y dispuestos para su cometido con el zoco en plena ebullición, salieron los tres hombres del aposento encontrándose con el alamín Farid, que tras saludarlos, les ofreció un templado té que aceptaron gustosos.

– El Profeta os depare un buen día mi Señor…, ser bienvenidos a El Jem – saludó una vez más el buen hombre – Rahál Al Sharif, nuestro zalmedina y Nahum Tahál, el zabazoque del zoco saben de vuestra llegada y me envían deciros que os esperan, cuando dispongáis, tras vuestro descanso.

el jem-4 Si bien El Jem, no era una gran ciudad a la sazón, su posición geográfica en el vértice occidental del Sahel y encrucijada de los caminos desde la costa a Kairuán en el interior, o las rutas hacia el sur, las ciudades de Sfax y Gabes y hacia Gafsa en el suroeste, la puerta del desierto, habían hecho de ella un importante nudo de transito y aprovisionamiento de la profusión de caravanas que circulaban en todas esas direcciones.

Este tráfico era cada día más importante, en función del crecimiento del comercio y el desarrollo del vasto centro y sur de Ifriqiyah, donde además la apertura de nuevas rutas hacia Malí, representaba nuevas posibilidades para la subsistencia de los poblados o tribus a las orillas de los ergs.

Al mediodía, Al Chaís y sus hombres se dirigieron a la mezquita, donde el zalmedina, les esperaba junto al zabazoque del zoco y el ulema de El Jem Abdul Ganen, en una especie de recepción “oficial” de las autoridades importantes de la ciudad al comisionado del Sultán.

El trío de autoridades, esperaba a la puerta de la mezquita la llegada de los forasteros, y cuando estos lo hicieron, el zalmedina intervino dándoles la bienvenida:

– Ala, Él Misericordioso, os guarde, y en su nombre y en el nuestro, os damos la bienvenida a El Jem, ciudad hospitalaria y agradecida con vuestra presencia, mi buen amigo Ben Al Chaís y sus acompañantes; quiero presentarte a nuestro ulema Abdul Ganen y el zabazoque Nahum Tahál – ambos inclinaron su cabeza ante Al Chaís en señal de respeto.

– En el nombre del Señor, se bienvenido –intervinieron ambos, casi al unísono.

– Alá es generoso, dándome la oportunidad de saludaros, de conoceros y de serviros en lo que mi modesta persona pueda.

Sabía Al Chaís, que su fama le precedía donde fuera y que la predisposición de los ulemas hacia la persona de aquel hombre de Al Ándalus, descreído y heterodoxo, no era del todo lo positiva que le hubiera gustado.

Entre los ulemas de todo el Sahel y centro de país, los más inmovilistas, los andalusíes gozaban de un aura de cultos y libertinos de negativas influencias para una sociedad controlada, adormilada por ellos y su particular modo de entender la religión, caballo de batalla siempre del granadino.

Al Chaís, lo conocía de sobra, pero en cada viaje y cuando era presentado a un nuevo religioso, se cuidaba de sorprender y demostrar precisamente, que el conocimiento no solo era libertad, sino respeto. Esta actitud a veces los dejaba atónitos, descolocándolos.

– Es mediodía…, quiero, es mi deseo, lo primero que haga en El Jem sea orar en vuestra compañía y dar gracias al Todopoderoso que nos guarda, en la casa del Señor, en esta mezquita y en este momento, antes de nada.

mezquita el jem-1– Alá está complacido, sin duda, con tu deseo, que es el nuestro. Es justo que demos gracias al Señor – exclamo el ulema, con cierta sorpresa, por la iniciativa de Al Chaís.

Todos se encaminaron al interior de la mezquita y tras entrar en ella, previamente descalzados, se dispusieron a orar con recogimiento.

Tras las plegarias, y en una de las dependencias del centro religioso, Al Chaís fue agasajado con un frugal almuerzo, durante el que hablaron del motivo de su viaje, las nuevas disposiciones de Abu Hafs, el Sultán. Mientras tanto, Abu Yasír e Issam, hicieron “lo propio” en el zoco, contentos de no tener que soportar tanto “protocolo”.

Parco como siempre en sus relaciones con los religiosos, pero respetuoso, no se prolongó por mucho tiempo la reunión, más protocolaria que otra cosa. Una vez despedidos los anfitriones, Al Chaís en compañía de su buen amigo el zalmedina Rahál Al Sharif, marcharon en distendida conversación.

– Esta noche eres mi invitado; en mi casa, donde se te ha preparado estancia para que pernoctes, te esperamos cuando caiga la tarde – le dijo el zalmedina a su amigo, mientras caminaban.

– Te lo agradezco y será un placer estar contigo y tu familia, allí estaré al anochecer.

La tarde transcurrió tranquila en el funduk o alhóndiga. Al Chaís preparaba la visita a casa de su amigo el zalmedina, donde pernoctaría el tiempo que estuviera en El Jem, no más de este día u otro más.

Abu Yasír e Issam, lo seguirían haciendo en la alhóndiga, donde además tendrían todo su tiempo libre, dado que el trabajo principal sería en Kairuán. Ambos estaban totalmente excitados por su estancia placentera y libre de ocupaciones en El Jem este tiempo. Habían investigado ya sobre ciertos “monumentos” a visitar, y al parecer al sur de la ciudad, había alguna taberna de especial interés donde saborear de casi todo, en distendido y discreto ambiente.

La casa de Rahál Al Sharif, el zalmedina, viejo conocido de Al Chaís, estaba situada al norte de El Jem. Tenia un tamaño generoso, de una sola planta y dependencias en la parte de atrás para corrales, rodeada de una parcela o huerto ajardinado y abrigada por un muro de baja altura en piedra; algunos frutales y palmeras hermoseaban la villa a modo de una pequeña almunia de cierto porte, propia de la persona que la habitaba y ubicada en un barrio o zona donde se encontraban otras de los principales comerciantes de El Jem.

Cuando Ben Al Chaís llego a casa de su amigo, el sonido de los cascos de su caballo alertó a la familia; todos ellos sin excepción, junto a dos sirvientas tras los dueños de la casa, recibieron en la misma puerta al hombre de Granada.

– El Señor esté contigo…, se bienvenido en nombre de todos los habitantes de este hogar que es el tuyo – saludó sonriente y complacido por la visita Al Sharif, la llegada de su amigo Al Chaís.

Ambos eran de una edad parecida, el Zalmedina, mas joven, quizás camino de los cincuenta años, pero igualmente el porte de uno y otro, les hacia aparentar menos, pero lo mas llamativo, los dos eran personajes atractivos, interesantes, cultos.

Quizás por ello, cuando Al Chaís, recién llegado de Túnez a Kairuán, donde vivió su primera etapa en el sur, conoció a Al Sharif, siendo su relación desde el principio  cordial directa y fácil. Desde aquel día de su presentación oficial a las autoridades de Kairuán, donde los zalmedinas más importantes del resto de las ciudades del sur, bajo su influencia administrativa, estuvieron presentes y mas tarde en tantas otras reuniones en esta misma ciudad, en Gabes y Kasserine, su complicidad era manifiesta.

religiosos-3Entre tanta ortodoxia religiosa, ambos mas preocupados por la cultura y las humanidades, tenían tanto en común, que su amistad cada día era mas grande y profunda. Gustaba decirle Al Chaís a su amigo, que cuando hablaba con el, parecía estar en la biblioteca granadina, de tertulia con sus amigos eruditos, a un nivel que era impropio de los hombres en Ifriqiyah.

Realmente compartían su forma de ser en todo orden de cosas y especialmente en lo religioso: justos con Dios, con lo que estrictamente era de Dios.

– Cuanto tiempo sin tenerte con nosotros Ben Al Chaís ¿Hay alguna razón especial de tan largas ausencias? – Preguntó, con insinuación femenina Sarát, la esposa de su amigo

– ¡Oh no..! No…, Sarát. Es el arduo trabajo de cada día, el que me aparta de lo que debería de ser la principal de mis obligaciones: visitar a mis mejores amigos.

La estancia engalanada para la visita de forma discreta, rezumaba sencillez a la vez que buen gusto. Sarát, la joven esposa de su amigo de no más de veintiocho o treinta años, festejaba su cuerpo con atuendos beréberes típicos de las grandes ocasiones. Su cara, sus ojos pintados, toda ella, como la sala, disfrutaban ataviados para la visita tan poco habitual, como singular.

El ambiente era distendido, la conversación libre y espontánea. Mientras los dos hijos menores de la pareja, ya retirados debían dormir, la noche transcurrió placentera, hasta que Al Chaís, dirigiéndose a sus amigos, dijo:

– Hace tiempo que deseaba entregaros un presente como símbolo, además de nuestra gran amistad, del festejo y la sensación que me produce el encontrarme entre vosotros, como si no hubiera salido de mi patria, como entre mis mejores conocidos de siempre. Para un hombre que no termina de huir, sois posada para su alma incomoda…, sois…, quienes me hacen mas fácil la estancia en esta tierra, los que me irradian algo del calor que perdí.

… Mi padre Al-Fasíd, en un viaje a Toledo, antigua capital cristiana y después musulmana, donde se hacen las mejores armas del mundo, me habló maravillas de esta ciudad, baúl de las culturas y símbolo de la tolerancia, deseándome que la visitara. Así fue y cuando estuve en Toledo, quedé hechizado de tanto talento y sensibilidad.

daga-1Allí nació mi devoción por la historia y las culturas antiguas; quizás de esa experiencia, se encauzó lo que tenia ser mi trabajo en el futuro. Entonces compré esta daga de corte cristiano y forja toledana, como recuerdo y que siempre me ha acompañado; ahora estará contigo Al Sharif, pues tu amistad lo merece.

… Para ti, hermosa Sarát –continuó Al Chaís-, para que adornes tu cuello, este pañuelo de seda de “Teresa”, una región entre montañas del levante andalusí, donde se produce el delicado hilo que empalidece ante bellezas como la tuya. Vino conmigo desde Granada y estará contigo encantado de su suerte.

Los amigos entusiasmados, agradecieron el detalle y se quejaron de no tenerlo más tiempo a su lado:

– Es nuestro amigo, una bocanada de aire fresco, en mitad de esta estepa –apuntó Al Sharif.

– Esta casa, quiere ser tu jaima de descanso, cada vez que te sientas perdido en el erg de la soledad. Este es tu oasis… – terminó Sarát.

La cena discurrió sin prisas entre las historias de siempre. Cualquier excusa era buena para hacer hablar a Al Chaís sobre Al Ándalus, y el lo hacia, mas complacido todavía en este ambiente ávido de frescura intelectual.

Al día siguiente tenia que seguir camino hacia Kairuán, verdadero objeto de su viaje, del que explicó sus motivos, pero que a la vez había conscientemente provocado, el encuentro de los viejos amigos.

Kairouan-2 Entonces veras al viejo berebere Al-Faquír, a su familia y a su hijo Jattár Abd-Faquír, almotacén del zoco en Kairuán ¿No? –preguntó Al Sharif

– Si, ya sabes, he recordado que son conocedores de lenguas y dialectos del sur y he de planificar pequeñas, pero numerosas traducciones de divulgación –contestó Al Chaís.

-Nadie mejor que ellos –intervino Sarát -, toda la familia habla esas lenguas; conocen y celebran sus tradiciones; siempre fue una preocupación del viejo zabazoque, conservar su cultura y raíces; seguro, te ayudaran.

La velada transcurrió como era de esperar, en plena confianza y amistad, entre bromas y comentarios de todo tipo que no hacían sino que distraer más aun a los reunidos cada momento más felizmente relajados.

– Te encuentro algo cambiado, como más a gusto, feliz…, no se como explicarlo –comentó Al Sharif, mostrando satisfacción por el hecho, a la vez que sorpresa.

– ¡Ah…! ¿Algo nuevo en tu vida, que nos puedas contar? – intervino intencionadamente puntillosa Sarát, haciendo sonreír a todos -; de un hombre tan reservado como tu, podemos esperar cualquier noticia, cualquier día…

– ¡No, no,..! ¡Bueno…! – balbuceó, a la vez que se le escapaba una sonrisa delatora al granadino – he de reconocer que todo va mejor…, en el trabajo, en mis relaciones con todo el mundo y …

– ¿En especial con alguien…? –intervino de nuevo maliciosamente Sarát.

– Bien…, bien…, he de reconocer que he ampliado mis amistades y que gozo de alguna que otra situación agradable… ¡já, já, já…! ¡pero bueno…!, estáis peor que el inquisitivo ulema de Mahdia… – bromeó una vez mas Al Chaís, viendo que no podía escapar de las sospechas de su amiga, riendo todos juntos ante lo que aparecía como una evidencia disimulada.

– ¿La conocemos? – insistió la mujer.

– ¡No, mi buena Sarát…!, no se debe saber…¿entiendes?, es algo complicado…

– ¡Huy, Huy…! olvídalo mujer, hay cosa de las que los hombres, según que circunstancias, no debemos hablar, y aquí se me antoja delicado el tema ¿o no, mi buen amigo, ja, ja, ja…? – intervino Al Sharif

– En fin…, me estáis sonrojando…- replicó Al Chaís.

Acabadas las bromas, que no hicieron otra cosa que hacerles sentirse encantados con la franqueza de su amistad, los temas de conversación se desviaron hacia las preocupaciones sociales del país sumido en la ascensión del poder religioso, que parecía anteponerse a toda voluntad de modernización auspiciada por el poder político.

Algunos de los más importantes alfaquíes en Ifriqiyah, observaban con meticulosidad cualquier avance de índole cultural, que favoreciera el desarraigo de la población con la ortodoxia religiosa.

Hasta el momento la voluntad de Abu Hafs, el Sultán, predominaba y protegía las iniciativas de sus háchibs o consejeros, más instalados en la necesidad de progreso. Esto les daba cierta esperanza y fe en su trabajo, ayudando a su realización.

Aquella noche, Al Chaís, pernoctaría en casa de Al Sharif, donde se le había preparado aposento. La agradable velada mantenida, llenó su cabecera de recuerdos de todos los temas tratados con su amigo y con el que compartía tanto criterio.

Las eternas historias sobre su patria perdida, la preocupación participada con su amigo sobre los excesos religiosos que determinaban el desarrollo de esta y aquella sociedad, la mujer, la cultura…, eran seguramente hombres de otro tiempo, a los que les había tocado vivir éste.

Nada, ni la tertulia amistosa, le podía hacer despreocuparse de la realidad. Todo estaba impregnado por su constante inquietud por la libertad y el conocimiento, teniendo pocos amigos con los que poder hablar y compartir sus temores.

A la memoria, otra vez más, le llegaba la mágica Córdoba de los Omeyas que caminaba buscando más paralelismo con Bizancio, que con la oriental Bagdad, cuando esta evolución, fue truncada por la gran “fitnah”, la muerte del califato…, el verdadero final de la progresión en Al Ándalus.

La intransigencia religiosa almorávide, entonces y almohade ahora en Granada, contra los árabes “impíos”, acabaron con el espíritu cordobés. En Ifriqiyah, la amenaza era la misma.

Cansado, y a punto de rendirse al sueño, se entregó a la evocación más hermosa y secreta: la joven Rasha…, su pelo anillado y sus grandes ojos de oscuro azabache, se instalaron en su pensamiento, hasta que el sueño lo rindió, gozando con su recuerdo.

A la mañana siguiente, de madrugada, Abu Yasír e Issam, le aguardarían junto a la puerta: Kairuán…, la Ciudad Santa, les esperaba.

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                                                                                                                                          Continuará…

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