EL CUERVO y la Abubilla

Saba-5-Recortada

Fue entonces, con el brillo de sus ojos encontrados, cuando se enamoraron sin poder evitarlo…

En aquel tiempo, Himyar, al sur de la península arábiga en el sitio del actual Yemen, y al otro lado del Mar Rojo la tierra de Punt, hoy Etiopia, eran territorios con grandes humedales, oasis de gran belleza y donde se desarrolló un importante país, el de los “sabeos”, el reino de Saba.

Vivió allí una cortesana amante de un importante noble de nombre Yasherea, descendiente de Noé y alto consejero del rey, con el que tuvo una hija que hubieron de ocultar.

Un día, mientras su madre contemplaba a la niña con dolor por su incierta suerte, se levantó una cálida brisa, que llegando desde las zonas más desérticas al oeste, la envolvió, mientras le decía:

– No temas mujer…, soy el “Espíritu Umaya”. Yo cuidaré de tu hija Makeda, que vivirá bajo la protección de los “Remolinos del Desierto”. A cambio cuando crezca le pediré, pues está escrito, que ella habrá de matar al tirano rey y se proclamará reina de Saba.

Desierto Yemen-1-RecortadaPasaron los años y la niña se transformó en una mujer que destacaba en belleza y conocimiento. Llegado el momento, el mismo viento que apareciéndose a su madre la protegió, la envolvió diciéndole:

– ¡Makeda…! Soy el “Espíritu del Desierto”, el que te guardó para que se cumpliera tu destino. Ya es tu hora.

Y la brisa la envolvió transportándola hasta la corte, donde deslumbró con la perfección de su rostro aceitunado y oscuro ámbar, de tal forma, que impresionado el maléfico rey, la adolescente Makeda tuvo acceso a sus aposentos donde, sin mediar contacto alguno, acabó con su vida.

Tal como le pidió y profetizó el “Espíritu”, dirigiéndose a su pueblo se proclamó reina de Saba, siendo desde ese día amada y respetada por su hermosura y sabiduría.

“… Esta reina, flor entre las flores de Arabia, era una niña adolescente de dieciséis años, adornada de belleza por su Creador…, estaba perfumada por su propia esencia y era ámbar puro por su naturaleza…, de largos ojos blancos y negros, con oro y diamante, magos mellizos…”.

Maqueda-2-RecortadaInteligente y de una gran diplomacia, fue tal el agradecimiento con su destino, que dedicaría toda su vida al servicio de su reino, tanto como a la defensa de los derechos de la mujer. No contenta solo con ello, Makeda la reina de Saba, para reafirmarse en su total entrega, hizo juramento de perpetua virginidad.

Bajo su reinado, el país de los “sabeos”, fue célebre por el desarrollo de sus cultivos, la noble madera de sus bosques, minería en oro y piedras preciosas, así como especias. Reconocido como “La Ruta del Incienso”, Saba se erigía como el catalizador del comercio entre el occidente mediterráneo y el oriente.

Más al norte, Salomón, tercer y último rey del gran Israel de su tiempo, hijo de David y uno de los más importantes hombres sabios que han existido, reinaba con igual éxito y reconocimiento tal que, su fama, llegaba a todos los confines.

Se decía del joven rey que, además de sus conocimientos y notoriedad de justo, poseía el don de poder hablar con los animales y los espíritus. También de su briosa virilidad y gusto por las mujeres, entre las que tenía cientos de esposas y concubinas.

Una noche, Salomón convocó a todas las aves en su palacio, con la intención de agasajar con sus cantos a invitados y cortesanos. A su llamada, llegaron todos menos Hud-Hud, la delicada Abubilla, que era maga y una de sus preferidas.

Enfurecido por su ausencia, llamó a su pájaro de confianza, el Cuervo, diciéndole:

Cuervo-1– ¡Has de ir en busca de la Abubilla y traérmela a mis pies! – le gritó colérico.

– Haré lo que me pides, mi señor; parto en su busca.

El Cuervo voló muchos días de lugar en lugar, tratando de hallar a la perturbadora Abubilla, hasta llegar a un oasis lejano en el profundo sur al que llamaban “El Jardín de los dos Paraísos”, donde finalmente la encontró y explicándole el peligro que corría por su incomparecencia a la llamada del rey, la convenció para su vuelta, llevándola ante su señor.

Salomón, irritado la amenazó con severo castigo, pero el pobre pájaro cabizbajo y asustado, le rogó:

Abubilla-2– Perdóname señor, pues buena es mi excusa. Viajé para conocer territorios allende de tus dominios, con objeto luego de relatarte mis descubrimientos; así llegué al lugar de Saba, país rico y desarrollado, que me prendió por su belleza, encantándome…

… Allí gobierna Makeda, su reina virgen, la más hermosa y sabia de las mujeres que pude haber conocido jamás. Mi Señor, creedme, es la aurora sobre el país y la luz de las miradas, una belleza que nadie se cansa de contemplar, con la única desgracia de ignorar nuestro Dios verdadero, pues adoran múltiples deidades.

Impresionado por la descripción de la reina de Saba, Salomón perdonó a Hud-Hud, la pobre Abubilla, y escribiendo una carta espolvoreada de oro y perfumada de almizcle y aloe oloroso, con su sello personal, invitó a visitar su reino a la reina Makeda. Enrollando el mensaje en la pata de la Abubilla, le pidió que de vuelta a su país, se la entregara con premura.

Feliz con su perdón, el pajarillo voló de nuevo al lejano reino hasta llegar al oasis ajardinado donde se encontraba la reina bañándose entre los nenúfares de un río de aguas esmeraldas, que no hacían sino que realzar su hermosura.

Rauda voló hasta ella y posándose a su lado sobre las hojas de un cálamo, llamó su atención.

– Señora…, vengo del reino de Israel con un mensaje de mi señor Salomón, el más sabio, justo y poderoso de los reyes, que conocedor de vuestra existencia y prendado por vuestra fama, me hace entregaros esta misiva…

– ¡Una avecilla que habla…! ¿Cómo es posible? – se sorprendió la reina.

– Merito es de mi rey, que puede hablar múltiples lenguas, incluso  con animales y espíritus.

Makeda tomó delicadamente en sus manos a la Abubilla y cogiendo el mensaje con olor de perfumes  desconocidos, tras leerlo, quedó pensativa.

Conocía la fama del poderoso monarca y ahora se despertó más aún su curiosidad por saber de él, a la vez que receló, pues si bien su invitación la interpretó ocasional para el comercio, Salomón conocía la existencia y riquezas de su reino y pensó que una relación amistosa, podía evitar la conocida codicia del joven y poderoso rey.

Salomon-1– Dime pequeña Abubilla ¿Cómo es tu dueño?

– Señora, es joven, fuerte y aguerrido, pero nada de ello comparable con su sabiduría, además de justo y generoso.

– Mucho dices de tu rey ¿Cómo podría creerte?

– ¡Está ungido, señora! Es el amo de los elementos por la voluntad de Dios. Yahvé le ofreció cuanto quiso y él, postrado, solo le pidió sabiduría para gobernar, a lo que Dios le respondió: “Solo sabiduría me pides…, por lo que te daré más que nadie hubiera tenido, y te premiaré con riquezas y gloria“.

Makeda siguió escuchando delirios del rey de Israel. La voz de la Abubilla no terminaba de ensalzar a su amo, exacerbando todavía más su curiosidad, tras lo cual, en otro pequeño pergamino atado a su pata, contestó a Salomón, aceptando su invitación y anunciándole su visita.

Mas de quinientos camellos cargados de oro, piedras preciosas, especias, incienso,  eunucos, artistas y sirvientes, componían la caravana que partió hacia el reino del rey sabio, en un duro viaje de larga duración.

Una vez en Israel y anunciada su presencia, Salomón, sentado en su esmeraldado trono, donde a cada lado de su respaldo se posaban el Cuervo y Hud-Hud, la maga Abubilla, la recibió en el gran salón engalanado para su bienvenida.

A la llegada de la reina, su nodriza Sarahil, la anunció:

– ¡La reina de Saba, cuya gloria y poder son gemelos…!

Salomon y Maqueda-1-Recortada

Entraba Makeda a la sala del trono, a través de un brillante apasillado suelo que  discurría cubierto de agua tan pura y clara como reflectante tal que, de forma instintiva, sin percatarse de estar cubierto de cristal y temiendo mojarse, levantó con sus manos los siete velos multicolores que componían su regio y sensual vestido, viéndose reflejada en el agua su desnudez de ébano adolescente y dejando descubierto a la vista del rey, cualquier enigma de su joven cuerpo.

Estupefacto Salomón, no perdió detalle y dirigiéndose a la Abubilla, le confesó:

– Dios es testigo que nada exageraste. Todo en ella lo ha hecho el Creador de la belleza.

Mientras Makeda y su esbelta figura de junco amarfilado, avanzaba en dirección al pasmado rey, cortesanos y sirvientes en el engalanado salón, quedaron mudos ante el resplandor y la perfección de la Perla Negra Etíope.

Levantándose Salomón, descendió lentamente el peldaño de su trono, tendiendo su mano a la nerviosa Makeda y acomodándola a su lado, la tranquilizó con cuidadas palabras.

La joven reina, ordenó entonces entrar a su séquito y portadores de ricos y abundantes presentes a Salomón, a la vez que este, hizo una seña a sus músicos que caldearon el ambiente con sutiles melodías alegóricas, acompañados del canto del Cuervo y la Abubilla.

La reina de Saba empeñada en descubrir la certeza de su sabiduría, acosó a Salomón con ingeniosas y enredadas preguntas, quedando sorprendida ante la sensatez y verdad de cada una de sus respuestas.

Aturdida por el gran saber y porte del rey, su extraordinario palacio, la calidad de sus bien dispuestos criados y coperos, como de las ofrendas que ofrecía en la casa de su Dios, se interesó por su fe, quedando admirada, sin respiración y dirigiéndose a Salomón, le dijo:

– Cuanto oí de ti, gran rey, corto quedó ahora en mi conocimiento. Tu sabiduría y riquezas superan lo pregonado. Venturosas son tus mujeres y agraciados todos cuantos a tu servicio te rodean y disfrutan de tu compañía. Bendito tu Dios Yahvé, que te dispuso en el trono de Israel para ser su justo rey.

Maqueda-4-RecortadaFue entonces, con el brillo de sus ojos encontrados, cuando se enamoraron sin poder evitarlo.

Makeda, que estuvo por un no muy largo tiempo en Jerusalén, con su hábil diplomacia, arrancaría tratados de amistad e intercambios comerciales entre ambos reinos.

Pero tal fue el enamoramiento del joven rey de la Perla Negra Etíope, como le gustó en llamarla, que le pidió que se casara con él, a lo que ella como pudo, se negó.

– Mi gran rey Salomón tiene esposas y concubinas de extraordinaria belleza acordes con su magna jerarquía; no hay nada en tus deseos que realizar no puedas.

… Sin embargo, has de saber – continuó – que el reino de Saba depende de mi presencia y virginidad juramentada.

Salomón tan entristecido como cortes, asintió, sin que en su fuero interno cesara el deseo de poseerla.

Makeda, sola ya en sus aposentos y preocupada por las palabras del poderoso rey, llamó a su nodriza Sarahil, encomendándole preparara con la máxima discreción su partida y vuelta a Saba.

La curiosa Abubilla, encaramada y oculta en lo alto de un cortinaje de la estancia, voló con la noticia hasta el Cuervo, su amigo y gran confidente de Salomón.

– Ha de saber nuestro Señor – le dijo al pájaro – que la reina Makeda dispone en secreto su partida, pues será de su interés, sin duda.

Inteligentemente y sin denunciar la delación de sus propósitos, el rey preguntó a la reina si la estancia en su reino era feliz, pues observaba preparativos que temía relacionar con su marcha, a lo que Makeda, contestó sin mentirle:

– Triste y necesaria como sabes es mi decisión. Partiré en tres días.

La víspera del día fijado para su regreso, se manifestó Salomón más insistente y aunque nerviosa, Makeda se mostró firme, recordándole sus deberes y la atadura a su voto, a la vez que le pidió su comprensión.

candelabros-1Como última cortesía, Salomón la invitó a una cena  en la terraza de su palacio prometiendo respetarla, siempre que tras despedirse de ella esa noche, no tomara de su casa cosa alguna sin su consentimiento, pues de lo contrario, él estaría en derecho de pedirle la prenda que le conviniera.

– ¡Señor! ¡Me ofende solo el que puedas pensarlo! – contestó airada la reina, terminando de entender sus palabras como una broma.

Cuando entrada la noche ya dormía en sus aposentos, la reina sintió sed y alargó su mano hasta una jarra de agua dispuesta por los criados junto a su cama y, tras beber, sintió la mano de Salomón que la sujetó, diciéndole:

–  No debías haber tocado ni tan solo la jarra ni el vaso, ni beber de su agua sin yo consentirlo, por lo que no has respetado el trato y tampoco lo haré yo.

Sin oposición alguna, ambos se entregaron a una noche de pasión, que desatada Makeda, el rey confesaría no haber conocido gozo alguno como el provocado por la reina adolescente, la Perla Negra Etíope, tan sabia en el trono como en el lecho, tal que si él no hubiera sido el mortal puñal de su virginidad, nunca se hubiera convencido de ella.

Salomón quitándose de su dedo meñique el sello real, lo enhebró en uno de la mano de  la reina, diciéndole:

– Siempre ha de ir contigo en mi recuerdo, o quien lo llevare, sabré que de ti viene.

Salomon-2Alzado el sol, desde lo alto de su terraza y acompañado del  Cuervo y la Abubilla cariacontecidos, vio alejarse consternado a la Reina del Sur y de la Mañana, pareciendo notar que hasta su altura, dejaban de llegar los arrebatadores perfumes de las flores de su jardín, de la última noche en su compañía.

Entregado a la indolencia, el gran sabio y poderoso rey, que no pudo vivir con la única mujer que amó más que a nadie y nada, solo existió para dedicar cantares melancólicos a su ausencia.

“He aquí que tú eres hermosa, amiga mía
He aquí que tú eres bella, tus ojos son como palomas
Tus labios como hilo de grana
Tus dos pechos como, gemelos de gacela
Que se apacientan entre lirios…”

En camino y sobre su palanquín, Makeda sintió en su vientre la simiente de aquel extraordinario hombre, el joven rey que enamorándola, le hizo trastocar su vida.

De la reina de Saba, convertida al judaísmo desde entonces, nacería de aquella única noche de amor, Menelik al que tras cumplir veinte años, su madre le rogó viajar a Israel para conocer al rey su padre, pidiéndole que portara en sus manos el anillo real que Salomón le regaló y por el que le reconocería.

Se alegró mucho el maduro y muy cambiado rey de Israel de la visita de su hijo, al que le propuso le sucediera en el trono, pero el joven entendió que aquel reino había perdido su pureza, y tras confesar a su padre la voluntad de volver a Saba, este le dejó partir acompañado de los primogénitos de Jerusalén con el más sagrado de sus tesoros, El Arca de la Alianza, pidiéndole que velara por su seguridad, pues se avecinaban tiempos convulsos para su reino.

Menelik I, descendiente de Salomón y la reina de Saba, a la desaparición de su madre, fue el primer Emperador de Etiopia, León de Judá y Salvaguardo del Arca de la Alianza, títulos que ostentarían todos los reyes etíopes hasta nuestros días.

Arca de la Alianza-5

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